SOBREVIVIENTE
Prólogo
No escribo estas páginas para presumir una historia de éxito.
Las escribo porque descubrí una verdad que me cambió la vida: el dolor que no sanas se convierte en el dueño de tu destino.
Este libro es mi forma de sanar.
Es mi forma de decirte a ti, lector, que no cometas el error de callar lo que duele. Porque lo que escondes bajo la alfombra del alma tarde o temprano regresa, y regresa con más fuerza.
No importa si tu vida parece perfecta o si sientes que estás roto: el dolor, cuando no se enfrenta, se repite como un eco eterno.
Yo lo aprendí a golpes. Pero también aprendí algo más grande: se puede volver a empezar.
No soy un héroe ni un santo. Soy un sobreviviente.
Y por eso me atrevo a contar mi historia: porque quizá, entre estas páginas, encuentres un reflejo tuyo y descubras que nunca es tarde para levantarse.
Este no es un manual de cómo triunfar.
Es un testimonio escrito con lágrimas y caídas, pero también con fuerza, con fe y con esperanza. Es el mapa que dibujé con sangre y sudor para que otros no se pierdan en los mismos laberintos.
Si después de todo sigo aquí, es porque entendí que sobrevivir también es una victoria. Y que escribir, para mí, fue el primer paso para resucitar.
Por eso, bienvenido a estas memorias:
un viaje que comienza en la oscuridad, pero que siempre termina recordando que incluso en la noche más profunda… siempre hay un respiro de luz.
Capítulo 1 - El abismo
Despierto antes de que amanezca, como casi siempre. No puedo decir que haya dormido; apenas he cerrado los ojos un par de horas, entre sueños fragmentados y pensamientos que no se apagan nunca. El reloj digital de mi celular marca las cuatro y treinta y dos. El silencio de la pieza no es absoluto: desde abajo, en la cocina, llega un olor leve a aceite recalentado, prueba de que alguien calentó comida en la madrugada. Y más allá, como un eco que nunca termina, el canto de ese pájaro que no he visto jamás, que pertenece a algún vecino invisible y que canta a deshoras, como si se burlara de mí.
Me giro hacia la izquierda, hacia el lado vacío de la cama, y otra vez siento el vacío como una presencia. Nunca me acuesto ahí. Ese lado está intacto, casi sagrado. Es como si el fantasma de mi exesposa siguiera ocupándolo, respirando, reclamándome en silencio lo que destruí. Yo me encierro en mi propio rincón, en el lado derecho, con la misma cobija de siempre encima del tendido. Nunca destiendo la cama; es un hábito extraño, una renuncia. La cama doble se volvió un escenario congelado: un lado para mí, el otro para la ausencia que nunca se va.
A cada lado de la cama hay una mesa de noche. La mía guarda el único tesoro que me queda: dos fotos enmarcadas de mis hijos. En ellas aún son niños, apenas en primaria. Sus sonrisas congeladas en esos días en que yo era para ellos un héroe, un padre victorioso. Miro esos retratos y siento una punzada en el pecho. Ellos ya son universitarios.
Al frente de la cama está el televisor. Negro, apagado, un objeto inútil. Nunca lo enciendo, ni podría hacerlo: no tengo señal de cable, ni siquiera antena. Está ahí como un adorno muerto, recordándome las veces en que ver televisión en familia era un ritual sencillo y feliz. Ahora no me queda más que el reflejo oscuro de mi propio cuerpo deformado en la pantalla apagada.
La pieza no es mía. Pertenece a doña Liliana, la dueña de la casa que arrienda cuartos para sobrevivir. Los dos cuadros colgados a los lados de la cama lo confirman: no tienen nada que ver conmigo. Son viejos, feos, con marcos dorados que se descascaran. Paisajes de campos que nunca he visto, pintados con un color verdoso apagado. Cada vez que los miro siento que me recuerdan que este cuarto es prestado, que no tengo raíces, que vivo de la caridad disfrazada de contrato.
Al lado derecho de la entrada está la puerta del closet. Parte lo adapté para poner mi computador, mi único contacto con el mundo más allá de estas paredes. A veces lo enciendo, escribo algunas frases, borro otras. Es mi rincón de batalla, mi confesionario privado. El resto del closet guarda la poca ropa que tengo, colgada en ganchos desiguales, con olor a humedad que se mezcla con los olores que suben desde la cocina.
El baño lo comparto con dos inquilinos más. Una es estudiante de primer semestre de la universidad cercana, la otra un profesor de esa misma institución. Nos cruzamos a veces en el pasillo. Ellos apenas me saludan, yo apenas respondo. Siento que me observan como a un bicho raro, un hombre mayor encerrado en un cuarto alquilado, siempre serio, siempre ausente. No sé qué imagen se hacen de mí, pero estoy seguro de que ninguna es buena.
La ventana de mi cuarto está justo en la cabecera de la cama. No da hacia la calle ni hacia un paisaje que alivie; colinda con el cuarto de ropas del primer piso y con la cocina. Desde ahí se cuela el olor del arroz, del café, del guiso ajeno. Cada aroma se vuelve un recordatorio de que no pertenezco a esa familia, de que vivo en los márgenes, oliendo la vida de otros sin ser parte de ella. Y siempre, el canto del pájaro invisible. De día, de noche, a cualquier hora. Una melodía insistente que no pide permiso, como si quisiera recordarme que aún hay vida afuera, aunque yo me niegue a vivirla.
Me siento en el borde de la cama. El frío del piso de baldosa sube a mis pies descalzos. Paso la mano por la cobija arrugada. No sé cuántos años tiene, pero es la misma desde hace demasiado. Me cubro con ella no solo para dormir, sino para esconderme.
Respiro hondo. El aire sabe a encierro, a polvo viejo, a algo rancio. Mis ojos se detienen en las fotos de mis hijos. Allí sigo siendo alguien digno. Allí todavía me abrazaban sin vergüenza. Cierro los ojos y el dolor me atraviesa como un cuchillo lento.
Porque la verdad es esta: mis hijos apenas me buscan. Y no porque yo no los quiera, sino porque la vergüenza me corroe. ¿Qué podrían sentir al verme así? ¿Cómo podrían mirarme sin que se les arruine la imagen del padre que alguna vez fui? Ellos avanzan en sus carreras, construyen futuro, y yo permanezco detenido en esta habitación, detenido en mis culpas.
Me levanto y camino hacia el espejo del baño. No hay nadie a esta hora, así que me arriesgo a salir. Cruzo el pasillo, piso las baldosas frías, y el eco de mis pasos me parece un ruido indebido. Entro al baño y enciendo la luz. El espejo, manchado de gotas secas y de dentífrico ajeno, me devuelve mi cara. Ojeras, piel marchita, un gesto que parece siempre al borde de la derrota.
Me sostengo del lavamanos y bajo la mirada. No puedo seguir mirándome. La voz dentro de mí no tarda en aparecer: “Fracasado. Padre de la desgracia. Hombre vacío”.
Vuelvo al cuarto y me encierro otra vez. Me tiro sobre la cama, mirando el techo descascarado. Pienso en los años que pasaron como un río turbio. Pienso en lo que era y en lo que quedó. Pienso en mi exesposa, en cómo el fantasma de su lado de la cama me observa cada noche.
Y entonces, como siempre, los recuerdos me arrastran hacia atrás, hacia esa infancia que aún no me suelta. La vergüenza en el colegio, el abuso, la humillación de no pertenecer. Todo vuelve con olores, sonidos, fragmentos que se clavan en mi memoria.
Respiro hondo, pero no hay alivio. Solo el canto del pájaro invisible, como un hilo de vida ajeno que se cuela en mi encierro.
Yo fumaba. Durante un tiempo, salir a la calle con un cigarrillo entre los dedos me servía de excusa para respirar distinto, para fingir que tenía un motivo. Pero un día dejé de hacerlo. Me aburría estar solo, me cansaba la rutina de encender fuego para acompañar el vacío. Ya no me supo a nada, y lo solté, como solté tantas cosas.
Me cubro con la cobija y me repito en silencio lo de siempre: ya no quiero vivir.
El canto del pájaro invisible se cuela otra vez por la ventana. No importa si es madrugada o media tarde: canta cuando quiere, como si no existiera tiempo para él. Cierro los ojos y dejo que la memoria me arrastre. No tengo que buscarla, viene sola, como un visitante insolente que se sienta en la cama conmigo.
El primer colegio fue un suplicio. No entendía nada de inglés. Las clases me sonaban como un ruido extranjero, un zumbido imposible. La profesora hablaba y yo me quedaba con la boca seca, sin comprender ni una palabra. Cada evaluación era una vergüenza, cada nota un recordatorio de que no servía. Mi incapacidad fue tan evidente que mis padres tuvieron que sacarme. Yo sé que ellos se esforzaban mucho. Pagaban más de lo que podían, sacrificaban lo suyo, y sin embargo yo era incapaz de responder. Desde niño entendí que mi inadaptabilidad era un peso que hacía sufrir a todos.
Me llevaron entonces a otro colegio, uno improvisado, lo que yo llamo “de paso”. Era tan pequeño que parecía una adaptación hecha con dos casas de barrio pegadas. Los salones olían a humedad y a lápices gastados. Fue allí donde ocurrió una de las escenas que nunca olvidaré.
La puerta del aula se abrió de golpe y el coordinador me señaló. La maestra apenas levantó la ceja. Yo, confundido, me levanté de mi pupitre. Sentí otra vez esa oleada de calor en la cara, la vergüenza de las risitas detrás de mí. Salí al pasillo y me dejaron afuera como castigo. Yo miraba la reja del parqueadero, tratando de no llorar, cuando lo vi.
Un habitante de calle estaba allí, parado, como si me hubiera estado esperando. Tenía la ropa hecha jirones, un saco al hombro, la mirada hundida. Sacó de entre sus manos una pipa improvisada, la encendió y el humo me golpeó la nariz. Era un olor fuerte, penetrante, extraño. Me quedé mirándolo con una mezcla de miedo y curiosidad. No sabía qué era lo que fumaba, pero lo recuerdo tan nítido que a veces pienso que aquel olor me marcó más que el castigo mismo. En ese momento no entendí nada; años después, cuando lo reconocí, supe que el destino ya me había mostrado, en esa escena infantil, uno de mis caminos torcidos.
Mis padres volvieron a sacarme de allí. Otra vez sufrimiento, otra vez frustración. No era que no quisieran verme estudiar; era que no sabían dónde ponerme para que encajara. Yo era una pieza que no entraba en ningún engranaje.
Me inscribieron entonces en un colegio más grande. Allí, por primera vez, encontré un pequeño oasis: la clase de religión. El rector, un sacerdote, la dictaba con un entusiasmo casi infantil. Encendía un proyector y nos mostraba filminas de caricaturas mientras narraba historias de santos y pasajes bíblicos. Su voz se mezclaba con las imágenes torpes, y yo me reía junto con los demás. Por un momento me sentía parte de algo. Era la única materia en la que mi atención no se desvanecía.
Recuerdo claramente mi primera comunión en ese colegio. El olor a incienso, el traje prestado que me quedaba grande, el pan ázimo derritiéndose en mi lengua. Por un instante sentí que sí había un lugar para mí, que Dios me veía.
Pero todo lo demás era un laberinto que no podía recorrer. Aparte de inglés, me pusieron a estudiar francés, y eso me sepultó. Era como escuchar dos mundos hablándome al mismo tiempo en idiomas que jamás comprendería. Las matemáticas se me escapaban, las ciencias eran un enigma. Solo la materia de religión me sostenía, y la risa que me provocaba el cura con sus narraciones.
Al final, otra vez el mismo desenlace: me expulsaron por mal comportamiento, por falta de atención, por perder todas las materias. Yo mismo no entendía por qué no podía concentrarme. Me preguntaba si era tonto, si había algo roto en mí. Quizás —pensaba— era el fantasma de aquel hombre en el colegio anterior, el habitante de calle encendiendo su pipa, el olor clavado en mi memoria como una condena.
Mis padres estaban desesperados. Mi padre, sobre todo. Era un hombre serio, trabajador, y verlo con el rostro endurecido por la impotencia me dolía más que cualquier castigo. Él decidió entonces que había que ponerme disciplina a la fuerza. Me inscribieron en un colegio militar.
Ese sí que me dio duro. El uniforme, la marcialidad, las órdenes gritadas a primera hora de la mañana. El sonido metálico de las botas marchando, el olor a sudor y cuero mezclado con desinfectante. Al principio me sentí prisionero. Pero poco a poco, la rigurosidad empezó a ordenarme por dentro. Era como si mi mente, acostumbrada al caos, por fin tuviera un marco que la obligara a funcionar. Me volví un buen estudiante, no por amor a las materias, sino por miedo a fallar otra vez.
Recuerdo las caminatas bajo el sol, el peso de la mochila, el sudor recorriéndome la espalda mientras un sargento nos gritaba instrucciones. Recuerdo el silencio de las aulas, el ruido de los lápices raspando los cuadernos. Por primera vez saqué buenas notas. Mi padre me miró distinto. Había orgullo en su voz cuando hablaba de mí.
Tal vez por eso quiso premiarme. Pensó que ya estaba listo para un paso mayor. Me dejó elegir el colegio de mi mejor amigo de la adolescencia.
Fue allí donde conocí a mi primer amor.
Ella apareció como un faro en medio de mis ruinas. Y aunque la historia terminó como todas las demás en mi vida —con pérdida, con dolor—, ese primer destello quedó grabado en mi memoria como la ilusión más dulce y más cruel al mismo tiempo.
Cuando mi padre me dejó elegir el colegio de mi mejor amigo, sentí por primera vez que alguien confiaba en mí. Fue como si me dijera sin palabras: “te lo has ganado”. Ese gesto me dolió y me alegró al mismo tiempo. Dolió porque sabía que esa confianza era un riesgo para él, un padre que se había desangrado en esfuerzos por un hijo que no terminaba de encajar en ninguna parte. Alegró porque, de alguna manera, era la primera vez que me daban un voto de fe sin que yo lo arruinara de inmediato.
El colegio tenía algo extraño, como si estuviera en construcción permanente. Los salones eran pechos con material prefabricado: paredes delgadas que resonaban al menor golpe, techos livianos que crujían cuando el viento pasaba. Lo único sólido era la estructura de dos pisos —el edificio de ladrillo— que colindaba con el salón de profesores. Arriba, en la segunda planta, estaba la capilla donde teníamos misa una vez a la semana. Ese contraste entre lo precario y lo firme me hacía sentir en un lugar a medio hacer, como yo mismo: armado con piezas de aquí y allá, pero sin cimientos seguros.
Entré en octavo grado, cuando ya las clases habían empezado. Me hicieron esperar para conocer al rector. Era un hombre de manos grandes y voz grave. Me habló poco, lo justo para darme la bienvenida. Después, el coordinador académico me llevó al salón de clases. Cada paso resonaba en las paredes prefabricadas, como un tambor.
—Este es José —anunció en voz alta.
Quise desaparecer. Por primera vez estaba en un colegio mixto y me sentía un bicho raro. Todos me miraron. El coordinador me colocó en un pupitre justo al frente del puesto del profesor. Era como ponerme en un escaparate. Me senté con las manos sudorosas y la mirada fija en el tablero, esperando que el suelo me tragara.
Sonó el timbre para el descanso y la clase explotó en movimiento. Todos salieron despavoridos, incluso mi mejor amigo, dejándome solo. Sentí que me quedaba en medio de un campo vacío. La vergüenza me ardía en la piel.
Y entonces ocurrió. Entró la niña más linda del colegio. Caminó hacia mí con una naturalidad que me desconcertó. Sonrió y me preguntó si quería que me mostrara el colegio.
—¿Quieres que te muestre el colegio? —me dijo, como si fuera lo más normal del mundo.
Su voz fue como un chorro de agua en pleno desierto. Me quedé mudo unos segundos antes de decir que sí. Desde ese instante no nos separamos. Caminamos juntos por los pasillos de paredes prefabricadas, subimos a la capilla vacía donde ella me contó sus historias, nos reímos en los patios. Todos empezaron a decir que era mi novia. Yo, que apenas me atrevía a rozarle la mano cuando me pasaba un cuaderno, sentía que el mundo me estaba regalando un milagro.
Con ella mi acné, mi torpeza, mis inseguridades, todo parecía desvanecerse por unos minutos. No me veía como un fracasado, sino como alguien digno de escuchar. Guardaba cada palabra suya como un tesoro, cada mirada como una victoria. Volvía a casa con una sonrisa que mis padres no entendían, pero que a mí me mantenía vivo.
Y ahí aparecía otra vez el peso de la culpa. Porque cada tarde, al llegar a casa, veía a mi padre en la mesa, revisando cuentas, apretando los dientes. Veía a mi madre cosiendo, haciendo milagros con lo poco que había para que alcanzara. Los veía agotados, luchando, y yo sentía que no estaba a la altura. Sí, en el colegio militar había mejorado mis notas, pero detrás de cada matrícula había un sacrificio enorme. Cada uniforme planchado, cada libro comprado, era un lujo que se arrancaban de la piel.
Yo trataba de compensarlo siendo obediente, mostrándoles esas notas decentes, pero por dentro me sabía impostor. Nunca me creí un buen estudiante, nunca me sentí brillante. Era como si mis logros fueran prestados, un disfraz que en cualquier momento se rasgaría.
Con ella, con mi primer amor, sentía algo parecido. Cada conversación era un préstamo de felicidad, una tregua que el mundo me concedía, pero que tarde o temprano se acabaría. Y así fue.
A mitad del último año antes de graduarnos supe que estaba embarazada de un exalumno del colegio. La noticia me atravesó como un cuchillo helado. El aire se me escapó del pecho. Todo alrededor se volvió ruido lejano. Caminé sin rumbo por el pasillo, incapaz de escuchar nada más. Sentí que el suelo se me abría bajo los pies.
Eso hizo que nos peleáramos y dejáramos de hablarnos. Mi refugio se derrumbó y me quedé solo, otra vez, con la certeza de que el amor no estaba hecho para mí.
Ese pensamiento se convirtió en una cicatriz.
El vacío que dejó esa ruptura me llevó a buscar otra cosa donde meterme. Fue entonces cuando un compañero del colegio, que estaba comenzando a montar una miniteca, me ofreció trabajar con él. Acepté sin pensarlo. Necesitaba distraerme, ocuparme, sentir que servía para algo.
Desde entonces, cada vez que mi padre me miraba con orgullo, yo pensaba en lo poco que lo merecía. Cada vez que mi madre me servía un plato de comida caliente, yo sentía que se lo estaba robando. Y cada vez que veía a esa muchacha en los pasillos, con la barriga creciendo, yo confirmaba que la felicidad era un banquete al que yo no estaba invitado.
El colegio del mejor amigo se volvió un escenario de contradicciones. Por un lado, la ilusión de pertenecer, de tener un círculo, de ser aceptado. Por otro, la certeza de que esa aceptación tenía fecha de caducidad.
Mis padres, mientras tanto, seguían cargando mi peso. Nunca me lo dijeron en palabras, pero yo veía el cansancio en sus ojos, la frustración escondida detrás de cada gesto. Me esforzaba, sí, pero siempre sentía que era tarde, que mis pequeñas victorias no alcanzaban para compensar tantos fracasos acumulados.
La adolescencia me enseñó dos cosas que nunca se borraron:
Que el amor no me pertenece.
Que la culpa es una herencia que se transmite de padres a hijos, y yo la había recibido completa.
Capítulo 2 - El nacimiento del Dj
Me acuesto en la cama de esta pieza alquilada y miro las fotos de mis hijos. Los veo sonriendo, todavía niños, creyendo que su padre era fuerte, confiable, alguien a quien imitar. Y siento un dolor profundo en el pecho, porque sé que repetí la historia. Como mis padres cargaron conmigo, mis hijos han tenido que cargar con mi sombra.
Cierro los ojos y me repito en silencio lo que llevo décadas murmurando: "ya no quiero vivir."
Después de la pelea con ella y de ver cómo su vida tomaba otro rumbo, yo sentí que se me desmoronaba el último refugio que tenía en el colegio. Me quedé con un hueco en el pecho. Pero a diferencia de otros momentos de mi vida, no me quedé inmóvil. Algo se encendió dentro de mí: la necesidad de ocuparme, de sentir que podía servir para algo.
Un compañero que estaba montando una miniteca me ofreció trabajar con él. Acepté sin pensarlo. Al principio solo era cargar parlantes, enrollar cables, limpiar equipos. Pero para mí era mucho más que eso: era tener un lugar, un propósito. La vibración de los bajos me recorría el pecho, las luces destellantes me hacían olvidar por un rato mis culpas, y esa sensación de estar construyendo algo me devolvía un poquito de aire.
Y sobre todo, había algo distinto esta vez: me sentía mejor con mis padres, especialmente con mi madre. Por primera vez podía aportar, aunque fuera poco. Al recibir el primer pago de la miniteca lo llevé a casa y se lo di a ella. Su sonrisa fue tímida, como si no quisiera demostrar alegría, pero yo sentí que se me quitaba un peso de encima.
Nuestra familia era sencilla pero grande: papá, mamá y cuatro hijos. El mayor era mi hermano, después venía yo, y luego mis dos hermanas menores. Crecimos como muchos en esos años, compartiendo ropa, discusiones, silencios y juegos a ratos. Pero desde que tengo memoria mis padres trabajaban sin descanso para sostenernos. Verlos así me hacía sentir que yo era una carga más, un peso que ellos tenían que arrastrar.
Por eso, haber sido el primero en trabajar de los hermanos significaba mucho para mí. Era como devolverles, aunque fuera un poco, todo lo que me habían dado. Y si bien la miniteca fue mi primer empleo formal ante mis padres, mi verdadero inicio laboral estuvo al lado de mi mamá. Ella trabajaba como una especie de visitadora médica, pero en vez de medicamentos llevaba libros. Una prestigiosa librería le enviaba lotes completos y ella recorría el centro de Bogotá con sus maletas pesadas, tocando puertas en oficinas, apartamentos y edificios, convenciendo a la gente de comprar colecciones. No teníamos carro, así que todo ese peso se cargaba en los hombros.
Yo la acompañaba para ayudarle a cargar las maletas, subiendo escaleras, caminando cuadras enteras, soportando el cansancio. A veces ella llegaba sudorosa y con el rostro cansado, pero siempre con una dignidad silenciosa, como si nunca quisiera que sus hijos vieran lo duro que era.
Mientras ella hablaba con clientes en escritorios llenos de papeles o en salas estrechas de apartamentos viejos, yo me entretenía hojeando los libros. Había enciclopedias enteras, colecciones que parecían bibliotecas en miniatura. Me fascinaban los tomos con gráficos: mapas, esquemas, ilustraciones de anatomía, planetas. Podía pasarme horas mirando esos dibujos, perdiéndome en ellos mientras mi madre negociaba.
El ruido del centro de Bogotá —bocinas, vendedores ambulantes, pregones— se mezclaba con el olor del papel nuevo de las páginas. Era un contraste extraño: afuera el caos, adentro un universo lleno de mundos dibujados. Aprendí más en esas páginas que en muchas clases del colegio.
Ese contacto con los libros y con el trabajo de mi madre me enseñó algo profundo: la vida era peso, literal y simbólico. Cajas sobre la espalda, culpas en el corazón. Pero también entendí que había una dignidad en cargar junto a otro, en no dejarlo solo. Cada vez que le quitaba una maleta de las manos a mi mamá, sentía que podía aliviarle un poco el camino.
Cuando regresábamos a casa, agotados pero con alguna venta hecha, me sentía distinto. No era solo el hijo que recibía: era alguien que daba. Y esa pequeña diferencia me hacía dormir un poco más tranquilo.
La miniteca llegó después como un paso natural. Ya estaba acostumbrado a cargar cosas, a moverme de un lado para otro. Pero en la miniteca había algo más: música, público, una energía que me hacía sentir vivo. Era un refugio distinto, menos silencioso que los libros pero igual de poderoso.
Mientras ella —la niña más linda del colegio— seguía su camino con su embarazo y su nueva vida, yo comenzaba a recorrer el mío. Y aunque todavía no lo sabía, ese camino me iba a llevar por luces y sombras mucho más intensas que las de cualquier cabina de DJ.
La miniteca no era solo un conjunto de parlantes y luces; era un universo que empezaba a abrirse frente a mí. Al principio, yo creía que íbamos a tocar en fiestas pequeñas, cumpleaños modestos de barrio. Pero la realidad superó mis expectativas. El papá de mi amigo, un mayor retirado del ejército, fue quien nos abrió las primeras puertas. Su rango, sus contactos, sus maneras de militar curtido, le daban una autoridad que muchos respetaban.
Él conseguía contratos en el Cantón Norte, una parte de la base militar donde vivían algunos oficiales y sus familias. Allí había un salón social amplio, con piso encerado y lámparas altas, que se convertía en escenario perfecto para las celebraciones. Recuerdo especialmente las quinceañeras: adolescentes con vestidos pomposos, padres orgullosos, mesas adornadas con manteles brillantes. Para mí, que venía de cargar maletas de libros en el centro, entrar a ese salón con equipos de sonido era como irrumpir en otro mundo.
Nos contrataban también en otros clubes militares repartidos por la ciudad. Eran espacios grandes, con jardines cuidados, piscinas iluminadas, y siempre un aire de privilegio que yo observaba desde mi papel de cargador y operador de cables. Sentía que estaba colándome en lugares que no me correspondían, pero que me ofrecían la posibilidad de ser alguien, al menos por unas horas.
Fuera de los círculos militares, trabajábamos en conjuntos cerrados. Allí las zonas sociales se transformaban en salones de fiesta improvisados: luces de colores rebotando en paredes de ladrillo, parlantes haciendo vibrar ventanas, jóvenes bailando como si el mundo se acabara esa noche. Eran reuniones de no más de cien personas, pero para mí se sentían como multitudes.
Recuerdo el olor del sudor mezclado con perfume barato, la música rebotando en mi pecho como un segundo corazón, la electricidad que me recorría cuando las luces se encendían al ritmo de un bajo profundo. Por primera vez en mi vida, yo no era un espectador avergonzado: era parte de algo que movía a la gente, que los hacía saltar, gritar, sonreír.
Pero con la miniteca también llegó otro hábito. Mi amigo, el dueño de la miniteca, fumaba sin parar. Cada montaje de equipos, cada descanso entre canciones, lo acompañaba con un cigarrillo en los labios. Al principio yo solo lo miraba, curioso, hasta que una noche me ofreció uno. No lo dudé demasiado. Lo encendí, aspiré, y sentí el humo áspero llenar mis pulmones. Tosí un poco, me ardió la garganta, pero también me produjo una calma extraña, un ritual de pertenencia.
Así comencé a fumar. Mucho. Era como si cada cigarrillo me dijera que yo también era parte de ese mundo adulto, de ese círculo de nocturnidad y luces. Mientras mi amigo hablaba de contratos, de clientes, de ganancias, yo tragaba humo y me convencía de que por fin estaba creciendo, de que había dejado atrás al niño perdido de los colegios.
No tardé en hacer del cigarrillo un acompañante inseparable. En cada fiesta, entre cables, humo de máquinas y risas de invitados, siempre había un humo más denso a mi alrededor: el de mi propio tabaco. Era mi sello invisible, mi manera de sentirme incluido en una vida que parecía más grande que yo.
Y, sin embargo, en medio de esa sensación de triunfo, había un eco persistente: la voz de mi madre, los ojos de mi padre, la imagen de mis hermanos. Yo sabía que mi mundo nocturno era solo una fachada. Pero mientras el bajo sonara y el humo me rodeara, me permitía olvidar esa verdad.
El último año del colegio llegó con un sabor a despedida anticipada. Ya no éramos los mismos de octavo; los pasillos prefabricados y la capilla arriba parecían más pequeños, como si también supieran que se nos estaba acabando el tiempo. La miniteca seguía ocupando mis noches y mis fines de semana, pero las mañanas aún eran de pupitres, profesores y timbres.
Cuando se anunció la excursión de despedida a la playa, todo el colegio estalló de emoción. No era cualquier viaje: nos llevarían en avión. Para muchos sería la primera vez que verían el mar y que subirían a un avión. Las conversaciones giraban alrededor de trajes de baño, maletas nuevas y canciones para el bus que los llevaría del aeropuerto al hotel. Yo escuchaba en silencio, con una mezcla de ilusión y resignación. Sabía que no iba a poder ir. No había plata.
El día del pago final llegó y confirmé lo que temía. Pero no fui el único. Mi mejor amigo, mi mejor amiga y otros tres compañeros tampoco pudieron ir porque sus padres no alcanzaron a cubrir el costo. Aquello, de alguna manera, nos unió. Nos quedamos en el colegio ese día, un grupo reducido de “rezagados”. Pasamos la mañana hablando, riéndonos, recordando viejos momentos.
Fue en esa calma forzada donde empezamos a limar asperezas con mi mejor amiga. No volvimos a ser los mismos de antes, pero al menos la despedida ya no fue tan cruel. Pude mirarla sin rencor, recordarla sin sentir ese nudo en el pecho. Era como si la vida nos estuviera dando un cierre decente para nuestra historia de colegio.
La despedida de once fue sobria. No hubo lágrimas exageradas ni grandes discursos. Solo un nudo en la garganta cuando guardé mis cuadernos por última vez, cuando miré las paredes prefabricadas y la capilla que tantas veces había subido con ella. Sentí que estaba cerrando no solo una etapa, sino una versión entera de mí mismo.
Pero no todo terminó con calma. Desde hacía meses yo era blanco del rector. Era un señor viejo, amargado, con la mirada sucia, que siempre le echaba el ojo a mi mejor amiga. Yo lo notaba, y él sabía que yo lo notaba. En cada reunión, en cada paseo, sentía su hostilidad silenciosa, su resentimiento.
Cuando llegó el momento de definir el servicio militar, no fue un sorteo. Fue una imposición. Me inscribieron sin consultarme, casi con premeditación. El rector, con esa sonrisa torva, me dijo que “era lo mejor” para mí. Yo sabía que era una especie de castigo encubierto, un intento de apartarme, de sacarme del camino.
Así terminó mi vida escolar: sin playa, sin avión, con una reconciliación a medias y con una imposición en el horizonte. El uniforme de camuflado se alzaba como un destino inevitable, y yo apenas comenzaba a entender que mi juventud no se parecía a la de otros, que mi ruta era más pesada, más torcida.
En las noches, después de cargar parlantes en alguna fiesta de quinceañera en el Cantón Norte, llegaba a casa con el olor a cigarrillo pegado a los dedos y con la cabeza llena de música. Me acostaba en mi cama, miraba las fotos de mis hermanos y de mis padres, y pensaba en lo que vendría.
El colegio se había terminado. La miniteca me esperaba cada fin de semana. Y el ejército, por imposición del rector, me aguardaba como un destino sin elección. Yo, en medio de todo, sentía que ya no era un muchacho, pero todavía no era un hombre. Era solo un chico cargando equipos y culpas, fumando para sentir que pertenecía a algo, y mirando de reojo un futuro que todavía no sabía si quería.
La miniteca estaba en su mejor momento. Cada semana había contratos: quinceañeras en el Cantón Norte, fiestas en clubes militares, reuniones en conjuntos residenciales. Yo sentía que, al menos por unas noches, podía ser parte de algo importante. El humo del tabaco me llenaba los pulmones, la música me retumbaba en el pecho, y la sensación de pertenencia me mantenía en pie.
Pero esa ilusión tenía fecha de vencimiento. El colegio había terminado y ya no había excusas. El servicio militar me esperaba. Cuando supe que tenía que presentarme, sentí como si me hubieran arrancado el piso bajo los pies.
Mi amigo, el dueño de la miniteca, estaba exento. Como hijo de un exmilitar, no tendría que ir. Su padre movía hilos invisibles, tenía amigos en los lugares correctos, y lo libró de esa carga sin esfuerzo. En cambio yo, sin contactos ni privilegios, estaba marcado.
Recuerdo la alegría de mi amigo al contarme que él no tendría que ir. Yo lo escuchaba con un nudo en la garganta. Traté de aferrarme a una pequeña esperanza y le pedí ayuda. Él habló con su padre, y el mayor retirado me llevó incluso a la oficina de reclutamiento. Hizo un par de llamadas, habló con un tono firme, se movió como quien todavía tiene autoridad. Yo lo acompañaba con la ilusión de que algo cambiara. Pero nada de eso sirvió.
En menos de un mes tendría que presentarme. Era una condena escrita, un destino que no podía evitar. Cada fiesta que montábamos con la miniteca me parecía un adiós anticipado. Cada bajo que retumbaba era como un reloj marcando la cuenta regresiva.
Capítulo 3 – El grupo de oración.
En esos días, en medio de esa angustia, mi mejor amigo me invitó a un grupo de oración. No lo hizo por fe, sino por curiosidad. Quería que lo acompañara a conocer a una mujer que, según decían, recibía mensajes de la Virgen. Yo no tenía nada que perder, así que acepté.
El grupo se reunía en una sala sencilla, con sillas plásticas alineadas en círculo y un olor tenue a incienso. La mujer hablaba con voz suave, cerraba los ojos y decía que la Virgen le transmitía palabras. Yo escuchaba incrédulo, sin fe real, pero intrigado. Algo en su tono, o en el silencio expectante de los demás, me tocaba.
No entré allí buscando a Dios. Entré porque mi amigo me arrastró, porque la curiosidad pudo más que el escepticismo. Y sin embargo, esa experiencia, tan pequeña y aparentemente banal, se quedaría resonando en mi memoria como un presagio.
El grupo de oración terminó siendo un escape inesperado. Al principio fui con desconfianza, casi arrastrado por mi mejor amigo, pero poco a poco descubrí que no era lo que yo imaginaba. No era simplemente rezar un rosario en voz monótona ni escuchar sermones cansados. Era otra cosa.
La sala donde nos reuníamos estaba siempre tibia, iluminada por una lámpara sencilla que dejaba sombras en las paredes. Las sillas plásticas se disponían en círculo, y todos esperaban con una mezcla de ansiedad y esperanza. La mujer que lideraba el grupo cerraba los ojos, respiraba profundo y empezaba a hablar. Decía que la Virgen le transmitía mensajes. Su tono era pausado, casi hipnótico.
Al principio me costaba creerlo, pero pronto me descubrí atrapado. No tanto por la fe —yo todavía no la sentía— sino por la atmósfera. Había algo en la seriedad con la que la gente escuchaba, en el silencio expectante, en la intensidad de las miradas. Cuando ella hablaba, parecía que todo lo demás se detenía.
Y lo que más me sorprendía eran las conversaciones al final. El grupo no se disolvía apenas terminaba el rezo: nos quedábamos comentando los mensajes, comparándolos con noticias, imaginando futuros posibles. Se hablaba de predicciones, de acontecimientos que parecían sacados de una película de ficción: guerras lejanas, catástrofes naturales, cambios políticos. Yo escuchaba fascinado, como quien asiste a una función de cine secreto.
Me gustaba conocer gente nueva. Cada reunión traía caras distintas, voces diferentes, personas que se abrían de maneras que no veía en el colegio ni en la miniteca. Algunos compartían experiencias místicas, otros hablaban de sueños, otros simplemente buscaban consuelo. Yo me sentía parte de algo que estaba más allá de mí, aunque no terminara de creer del todo.
Ese grupo me permitió respirar. Entre la música estridente de la miniteca y la sombra del servicio militar que se acercaba, allí encontré un rincón de calma. Era como si, por un par de horas, el tiempo se suspendiera y yo pudiera dejar de pensar en lo inevitable.
No entré buscando a Dios. Entré buscando un respiro. Y lo encontré.
El día de la incorporación llegó como una sentencia. Había tratado de evadirlo, de ignorarlo, de esconderlo en la esquina de mi mente, pero ahí estaba. La citación decía con claridad dónde y a qué hora debía presentarme. Guardé el papel en el bolsillo y sentí que llevaba una piedra contra el pecho.
La mañana era fría. Bogotá parecía vestida de gris, como si hasta el cielo quisiera recordarme que no había salida. Llegué al batallón con otros muchachos. Todos íbamos con ropa civil, cada uno cargando una mezcla de miedo y resignación. Algunos intentaban bromear para romper la tensión, pero las risas sonaban huecas, como si nadie pudiera engañarse de verdad.
Las filas eran largas. Un mar de adolescentes confundidos, cada uno esperando su turno para entregar papeles, responder preguntas, dejarse revisar. El olor a sudor nervioso se mezclaba con el de los uniformes recién doblados y con el eco metálico de las botas de los soldados que nos supervisaban.
Me dieron mi uniforme. Verde, rígido, áspero. Al ponérmelo sentí que me arrancaban lo poco que quedaba de mí. La tela me raspaba la piel, los botones parecían cerrarse con la intención de asfixiarme. Miré a mi alrededor y vi decenas de rostros parecidos al mío: pálidos, tensos, atrapados.
El primer grito del sargento retumbó como un disparo. “¡Formen fila!” Todos corrimos a alinearnos. El suelo de concreto vibraba con las pisadas torpes. Yo trataba de seguir el ritmo, pero el corazón me latía tan fuerte que sentía que se me saldría por la garganta.
Ese primer día fue un desfile de órdenes y humillaciones. Nos cortaron el cabello sin preguntar, nos revisaron las mochilas, nos trataron como si ya hubiéramos perdido cualquier derecho. Cada palabra era un mandato, cada gesto un recordatorio de que ya no nos pertenecíamos a nosotros mismos.
Mientras el sargento gritaba, yo pensaba en la miniteca. En los parlantes vibrando, en las luces de colores, en el humo de los cigarrillos. Ese mundo parecía lejano, casi inventado. Aquí no había música, solo gritos y botas. Aquí no había risas, solo el eco seco de las órdenes.
También pensé en el grupo de oración. En la sala pequeña, en el círculo de sillas plásticas, en la mujer que decía escuchar a la Virgen. Recordar eso me dio una calma extraña. Cerré los ojos un segundo y me imaginé de nuevo allí, escuchando predicciones fantásticas como si fueran escenas de cine. Cuando los abrí, el grito del sargento me devolvió a la realidad: el ejército no era fantasía, era hierro.
Al final del día, exhausto, me senté en la litera asignada. El colchón era delgado, el olor a humedad me envolvía, y alrededor los demás muchachos hablaban en murmullos cansados. Yo me tumbé de lado, mirando el techo bajo, y me dije en silencio: aquí comienza otra guerra, pero no con fusiles: una guerra conmigo mismo.
La rutina militar cayó sobre mí como un bloque de cemento. Cada día comenzaba antes del amanecer, con un grito que rompía cualquier sueño. El silbato cortaba el aire helado y todos saltábamos de las literas. El uniforme, ya áspero por el sudor seco, me esperaba como una segunda piel que nunca terminaba de acostumbrarse.
Las formaciones eran interminables. Filas perfectas, hombros rectos, la voz del sargento tronando sobre nosotros como un látigo. Si uno se movía, todos pagábamos el castigo. Flexiones hasta que los brazos ardían, correr con el fusil sobre la cabeza, arrastrarse en el barro frío. El olor a tierra húmeda y a sudor se mezclaba con el eco de los gritos, y yo sentía que cada día se alargaba como un suplicio eterno.
Me costaba obedecer sin pensar. Me costaba convertirme en un número más. Había algo dentro de mí que se resistía, que se retorcía cada vez que un superior me ordenaba sin mirarme a los ojos. No me quebraba, pero tampoco me entregaba del todo. Vivía en ese filo: suficiente disciplina para no caer en desgracia, suficiente rebeldía silenciosa para no sentirme anulado.
Y en medio de todo, buscaba escapes internos. Mientras corría bajo el sol ardiente, pensaba en mi familia. En mi madre cargando maletas de libros por el centro, en mi padre guardando silencio frente a las cuentas, en mis hermanos riendo en casa. Me repetía que debía resistir por ellos, que tarde o temprano regresaría.
En las noches, cuando la tropa se apagaba en murmullos cansados, yo me refugiaba en recuerdos. Cerraba los ojos y veía las páginas ilustradas de aquellos libros que mi madre vendía. Mapas, planetas, cuerpos humanos dibujados en láminas de colores. Esas imágenes me salvaban: me recordaban que existía un mundo más grande que ese patio de armas, un mundo al que yo aún podía aspirar.
También volvía a mi mente el grupo de oración. La sala sencilla, las sillas plásticas en círculo, la voz de la mujer repitiendo mensajes que parecían profecías. Recordar esas reuniones me daba un extraño consuelo. No era fe todavía, era más bien la sensación de haber estado en un lugar donde el tiempo se detenía, donde la gente hablaba de futuros lejanos como si fueran películas. En contraste con la rigidez militar, ese recuerdo era como un suspiro escondido.
A veces, mientras marchábamos en fila, yo me sorprendía tarareando canciones de la miniteca. En mi cabeza resonaban los bajos, las luces de colores imaginarias, las risas de las fiestas. Nadie lo notaba, pero esa música invisible me mantenía de pie cuando las botas pesaban más que mis piernas.
Así sobreviví los primeros meses. Entre barro y castigos, entre gritos y fusiles, aprendí a crear un refugio dentro de mí. El ejército intentaba borrarme, pero yo me aferraba a pedazos de recuerdos: la voz de mi madre, los gráficos de un libro, las predicciones absurdas del grupo de oración, el humo de un cigarrillo compartido en la miniteca. Era un rompecabezas de escapes internos que me mantenía entero.
Porque entendí algo: allá adentro no se trataba solo de obedecer, se trataba de no dejar que te borraran.
La primera visita fue como un milagro. Apenas llevaba un par de semanas y sentía que el tiempo se había detenido. Los días eran idénticos: gritos, castigos, marchas. Cuando vi a mi madre llegar, con su paso apresurado y esa sonrisa que intentaba ocultar la preocupación, el corazón me dio un vuelco. Me entregó un pequeño paquete: un radio de una sola pila, con unos audífonos baratos. Para cualquiera podía parecer poca cosa, pero para mí fue un tesoro.
Esa noche, cuando todos dormían, me puse los audífonos y encendí el aparato. La estática se mezcló con la primera melodía que encontré en la frecuencia. Sentí que la música me devolvía el aire. Ya no estaba solo. Ese radio sencillo se convirtió en mi refugio secreto, mi forma de resistir las noches frías y los silencios pesados.
La segunda visita fue una sorpresa mayor. No vino mi madre, sino tres rostros que no esperaba: mi amigo de la miniteca, mi mejor amigo… y ella. Mi mejor amiga, con su barriga ya voluminosa. Cuando la vi entrar, el tiempo se detuvo. Aun embarazada, su presencia fue como una luz. Volver a mirarla, sonreírle, escuchar su voz… eso cargó mi corazón de una fuerza nueva. Por primera vez en semanas sentí que podía soportar los insultos y los gritos, porque tenía algo real que me esperaba afuera: la certeza de que todavía había vínculos, afectos, vida más allá del batallón.
Después de más de un mes encerrados sin ver la calle, nos dieron el primer permiso de fin de semana. Esa sensación de salir fue indescriptible. Al cruzar la reja, era como si caminara en otra ciudad, aunque estuviera en la misma Bogotá. Todo parecía distinto: los colores más vivos, los ruidos más intensos, la gente más libre. Mi hermano me llevó a un centro comercial y me compró una camisa. Yo la recibí como quien recibe un traje nuevo para empezar de cero.
Esa noche volví al grupo de oración. Me senté en el círculo de sillas plásticas, escuché a la mujer hablar de mensajes y predicciones, y sentí que algo dentro de mí se reacomodaba. Al día siguiente jugué fútbol con mis amigos del barrio. Era como regresar a un mundo que casi había olvidado. Pero volver al batallón el domingo fue un golpe seco: la misma reja, los mismos gritos. Esa sensación de libertad se desmoronó en segundos.
Unas semanas después, me llamaron aparte. “Lo necesitan en el casino de los oficiales”, me dijeron. Yo no entendía para qué. Al llegar, me encontré con el padre de mi amigo de la miniteca. Me explicó que había hablado con el comandante del batallón, que habían sido compañeros, y que necesitaba que yo siguiera ayudando con los toques de la miniteca. Lo había arreglado todo para que me dieran permisos especiales.
No lo podía creer. A partir de ese día, varios fines de semana salía del batallón con autorización exclusiva. Mientras otros seguían atrapados, yo podía respirar, trabajar en la música, volver a mi casa. Mis compañeros me miraban con envidia, algunos hasta con rabia. Pero yo, por primera vez en mucho tiempo, sentía que las cosas jugaban a mi favor.
Un día hicieron una formación especial. Un capitán salió al frente del batallón y comenzó a pedir voluntarios para distintos grupos: quienes supieran manejar moto, quienes manejaran carro, quienes quisieran entrar a la banda de guerra. Yo no quería nada de eso: la miniteca era mi compromiso, y sabía que esas asignaciones me atarían aún más.
Entonces el capitán pidió algo inesperado: formar un grupo de acciones psicológicas, básicamente un trío musical que pudiera animar eventos. Preguntó primero quién tocaba guitarra, luego bajo eléctrico, luego batería. Después dijo: “¿Alguien que toque algún instrumento diferente, algo exótico?”
Sin pensarlo, levanté la mano. “Yo sé tocar la quena”, dije.
El capitán me miró sorprendido. “¿La quena? ¿Esa flauta peruana?”
“Asi es, mi capitán.”
Me aceptaron sin dudar. El grupo quedó armado: guitarras, boleros, y mi quena como un eco distinto. No era un músico virtuoso, pero había aprendido a tocarla una tarde con un amigo del barrio que me la prestó como reto. Pasé horas soplando hasta que logré sacar notas limpias, y desde entonces no la solté.
Convertirme en parte de ese grupo fue un cambio total. Nos tocaba dar serenatas a las esposas de los oficiales, y como la mayoría eran los fines de semana, siempre recibíamos permisos. Así me convertí en algo raro: un conscripto que, en lugar de estar encerrado cada sábado, pasaba sus días entre música, miniteca y el grupo de oración.
En el barrio se burlaban: “¿Qué clase de servicio militar estás prestando? ¡Si te la pasas afuera todos los fines de semana!” Yo me reía, porque en el fondo sabía que había tenido una suerte inmensa. El ejército seguía siendo un peso, pero la música lo transformó en algo soportable.
Era como si, en lugar de aplastarme, la vida me hubiera dado grietas por donde respirar. Y por esas grietas entraban la música, la fe tímida del grupo, y los afectos que seguían esperándome afuera.
El tiempo en el ejército empezó a medirse de otra manera. No en días ni en semanas, sino en canciones y permisos. Cada serenata que tocábamos para las esposas de los oficiales era un respiro ganado. Cada fin de semana que salía para ayudar en la miniteca era una victoria contra el encierro. Y cada noche en que lograba encender mi pequeño radio y escuchar una melodía era un recordatorio de que no todo estaba perdido.
La música me dio un lugar. Yo, que nunca me había sentido del todo parte de nada, encontré en la quena un pasaporte para moverme con libertad en medio de un sistema que estaba hecho para reducirnos a obediencia. Mientras otros sudaban en marchas interminables, yo afinaba notas en un rincón. Mientras algunos cargaban fusiles pesados, yo cargaba un instrumento de madera que me regalaba aire.
El grupo de oración también seguía ahí, como un paralelo secreto a la disciplina militar. En cada permiso de fin de semana, buscaba la manera de asistir. No era fe lo que me movía, no aún, sino la sensación de que allí se hablaba de un futuro distinto. Cuando la mujer cerraba los ojos y decía que la Virgen le enviaba mensajes, yo no sabía si creer o no, pero me dejaba arrastrar por esa atmósfera de misterio. Escuchar hablar de catástrofes, de cambios, de esperanzas, era como ver películas de ciencia ficción en medio de mi propia guerra cotidiana.
Esa dualidad me sostuvo. Soldado en el día, músico y creyente incipiente en las noches. Disciplina por obligación, sueños por necesidad. Así fui sobreviviendo, semana tras semana, hasta que de repente el tiempo empezó a contar hacia atrás: ya no cuánto me faltaba para terminar el día, sino cuánto me faltaba para recuperar mi vida.
Y llegó el momento. La salida definitiva.
Capítulo 4 – Una vida doble.
El día que nos entregaron la baja, el aire me supo distinto. Respiré como si nunca antes hubiera inhalado oxígeno verdadero. Sentí el uniforme más liviano, como si ya no me perteneciera. Cruzar la reja del batallón fue como atravesar un portal: atrás quedaban los gritos, el barro, las botas; adelante estaba la ciudad, con sus luces, su ruido, su caos… pero mía otra vez.
El alivio fue inmenso. Caminar por las calles sin horarios, sin que nadie me gritara al oído, sin tener que pedir permiso para cada cosa, era una sensación casi irreal. Me detuve en una esquina, miré a la gente pasar, y pensé: esto es la libertad.
Pero junto al alivio, también estaban las cicatrices invisibles. Los gritos seguían resonando en mi memoria. Las humillaciones, las noches en litera, el olor a sudor y a tierra, todo eso me había marcado. Sabía que nunca podría olvidar. Había aprendido a obedecer, sí, pero también a desconfiar. Había entendido la fuerza de la disciplina, pero también el precio de perderse a uno mismo.
La música, la miniteca, el grupo de oración… todo eso me había salvado. Sin ellos, quizá me habría quebrado. Ahora, libre, me prometí no dejar de lado esas grietas por donde había respirado.
Caminé hacia mi casa con la baja en el bolsillo y la quena en la mochila. Era como llevar dos mundos en las manos: el que me había lastimado y el que me había sostenido.
Ese día entendí que salir del ejército no era el final de una guerra, sino el comienzo de otra: la de aprender a vivir con lo que había quedado adentro.
Que días aquellos, qué recuerdos. Recuerdos que me dejan por un momento tranquilo, disperso, pero que al mismo tiempo me hacen sentir un poco vivo. Porque cuando la memoria me toma de la mano, dejo de pensar, aunque sea por instantes, en ese deseo de no querer seguir viviendo.
Estoy cansado del dualismo de mi vida. Lo cargo desde niño. En el colegio aparentaba una normalidad que no existía, mientras en casa la ruina nos apretaba como un puño. En la adolescencia, bailaba entre la música de la miniteca y las sombras que me perseguían desde la infancia. Y ahora, adulto, sigo partido: entre la nostalgia de lo que fui y la vergüenza de lo que soy.
Mi padre, recién casado con mi madre, había sido un hombre próspero. Tenía varios negocios, una ambición que parecía prometer un futuro sólido. Nos mudamos a una casa recién construida en las periferias de la ciudad, amplia, con zonas verdes y la ilusión de que todo apenas comenzaba. Pero la ambición a veces ciega. Un amigo suyo, íntimo, le ofreció un negocio que pintaba como la llave de la riqueza. Mi padre, confiado, hipotecó la casa, apostó todo. Y su amigo desapareció. La quiebra nos golpeó como un puñetazo seco.
Yo tendría unos siete años. Mi madre estaba embarazada de mi hermana menor. Y de pronto lo perdimos todo. La gran casa se esfumó, y lo único que pudimos llevarnos fueron los colchones, la ropa y el silencio avergonzado de mi padre. Nos refugiamos en un cuarto de la casa del hermano mayor de mi madre. Un cuarto para seis personas: papá, mamá, mi hermano mayor, mis dos hermanas, y yo. Una familia reducida a colchones en el piso, a las discusiones ahogadas entre paredes ajenas.
Esa fue la primera vez que entendí lo que era vivir en un cuarto prestado. Ironías del destino: hoy, décadas después, estoy otra vez en un cuarto alquilado, escribiendo frente a un computador mientras las lágrimas se me escapan sin que pueda detenerlas. Es como si el tiempo no hubiera pasado, como si hubiera estado dando vueltas en un círculo.
Pero mi padre, aun en la quiebra, se aferró a algo que no quiso soltar: la acción de un club campestre en clima cálido, a dos horas de viaje. Ese lugar se convirtió en nuestro oasis. En medio de las deudas, de la ruina y de las discusiones, el club nos daba respiro. Allí crecimos como familia al mismo tiempo que el club mismo se desarrollaba. Nosotros nos hundíamos en la ciudad, pero en ese rincón de calor y césped recién cortado parecía que todavía éramos alguien.
El viaje comenzaba siempre en el mismo escenario: el Mercedes Benz 190 sedán, modelo 1962 de mi padre. Un carro viejo, sí, pero elegante, con un aire de dignidad que sobrevivía al paso de los años. Ese carro era nuestro pasaporte. Al encenderlo, el motor rugía grave, y con él se encendía también un espejismo de grandeza. Los vecinos nos miraban distinto cuando nos veían salir en ese carro. Éramos pobres, pero nadie lo hubiera dicho viendo aquel Benz.
El camino hasta el club era una ceremonia: mi padre conduciendo serio, mi madre en silencio con las manos en el regazo, nosotros peleando en el asiento trasero por asomarnos a la ventana. El olor a gasolina, a cuero gastado y al pan con café que mi madre llevaba en un termo se mezclaba con la brisa fría de la carretera. Y al llegar, el Mercedes brillaba en el parqueadero. Entre Renaults modestos y camperos nuevos, ese carro imponía respeto. Éramos los arruinados que parecían ricos. Y en ese engaño nos sosteníamos.
Dentro del club, yo me olvidaba de todo. La piscina, el césped húmedo bajo los pies descalzos, las risas de otros niños. Allí nadie preguntaba dónde dormíamos. Allí éramos socios, y eso era suficiente. Por unos días, vivíamos otra vida. Pero al regresar a Bogotá, la verdad nos esperaba en ese cuarto apretado.
Esa dualidad se grabó en mí como una cicatriz temprana. Y en el colegio la herida se abrió más. Jamás invité a un compañero a la casa. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo mostrar un cuarto con colchones en el piso, con olores mezclados de otra familia? Prefería inventar excusas. Me cuidaba de que nadie supiera dónde vivíamos. En clase podía lucir un uniforme planchado, pero los zapatos gastados hablaban por mí. Cada paso me recordaba que era un impostor.
A los doce años, en medio de esa vergüenza, encontré un pequeño refugio: la preparación para la primera comunión. La catequesis me ofrecía un lugar donde, al menos por un rato, nadie me señalaba. Recuerdo el olor a tiza y a incienso, las bancas de madera, el murmullo de las oraciones. Era un rincón donde podía respirar.
Hacia el final de la preparación organizaron una salida de fin de semana. Nos llevaron a un lugar amplio, con dormitorios compartidos. A mí me tocó el peor catre, hundido, con resortes salidos. El profesor de religión se preocupó y me preguntó si estaba bien. Yo le dije que no se inquietara, que para mí estaba perfecto. Y lo era. Ese catre incómodo me parecía un lujo. Dormir fuera de la casa, lejos de la tensión de mis padres, lejos del hacinamiento, era una bendición. Esa noche, recostado en ese catre roto, sentí una paz que en casa nunca tuve.
El día de la primera comunión está tatuado en mi memoria. El olor a incienso llenaba la capilla. La hostia se deshacía en mi lengua como si fuera un secreto sagrado. El traje era prestado y me quedaba grande, pero no me importaba. Por un instante sentí que pertenecía, que había un lugar para mí bajo la mirada de Dios.
Pero al salir de la iglesia, la dualidad volvió a golpearme. Traje prestado, casa prestada, vida prestada. Era como si cada alegría tuviera su espejo de tristeza al lado.
Con los años entendí que esa dualidad fue más que un contexto: fue mi escuela. Aprendí a callar, a mentir por omisión, a usar máscaras. Aprendí a vivir dos vidas: la del estudiante que fingía normalidad, y la del hijo que se ahogaba en la ruina familiar. Esa tensión moldeó mi moral con dureza, me enseñó que lo malo también podía vestirse de bueno, y que lo bueno siempre escondía su precio.
Hoy, en esta pieza alquilada, rodeado de paredes húmedas y cuadros viejos que ni siquiera son míos, descubro que sigo en el mismo lugar. El mismo niño que agradecía un catre roto como si fuera una cama de lujo, el mismo adolescente que ocultaba su pobreza, el mismo adulto que aparenta sobrevivir mientras se desmorona.
La dualidad nunca se fue. Me convirtió en lo que soy: un hombre partido, que todavía busca un lugar donde no tenga que fingir.
Por eso escribo. Porque es lo único que me queda. Escribir es como volver a aquel catre incómodo y convencerme de que, aunque lo peor me tocara a mí, siempre había un rincón para descansar. Escribir es la manera que tengo de unir mis dos mitades, aunque sea en estas páginas.
Algún día, me repito en silencio, dejaré de ser dos.
Algún día, aunque sea aquí, seré uno solo.
Capítulo 5 - El ascenso
Después del ejército comenzó un nuevo reto: entrar a la universidad.
Mi padre siempre fue un hombre de retos. No solo se estaba recuperando de la quiebra, sino que poco a poco habíamos salido de la mala racha. Vivíamos ahora en un barrio popular… pero ahí estaba de nuevo la ironía: el barrio quedaba en medio de dos de estrato alto.
La dualidad seguía persiguiéndome. Cuando jugaba fútbol en los parques grandes, llenos de verde y con canchas bien cuidadas, me sentía parte de los de “arriba”. Pero al regresar a casa, solo tenía que cruzar una calle principal para encontrarme con mi verdadera realidad: un barrio pobre, con calles rotas y casas apretadas. Esa era mi vida: dos mundos separados por apenas unos metros de asfalto.
Ya no era el mismo de antes; después del ejército mi corazón estaba más duro, curtido. Mi papá me dio a elegir la universidad que quisiera. Mi hermano mayor ya estaba en una de las más costosas del país, pero no porque sobrara el dinero. Nada de eso. Mi padre se endeudaba con el sistema de créditos del gobierno para pagarle a él, y después lo mismo hizo con mis dos hermanas menores. Ese mecanismo era una pesadilla para cualquier familia, y en Colombia ha sido fuente de críticas eternas, pero a él nunca le tembló la mano: si sus hijos querían estudiar, él encontraba cómo.
Yo, en cambio, me incliné por un camino distinto. No quería solo repetir la ruta académica de mis hermanos; quería desarrollar mi creatividad. Por eso escogí publicidad, en una universidad que tenía buena fama en ese campo.
Fue a mitad del primer semestre cuando lo conocí: un nuevo amigo del grupo de jóvenes de la parroquia. Su padre era empresario y uno de sus negocios me sonó como música en los oídos: una maxiteca. Sí, lo mismo que la miniteca de mi viejo amigo, pero elevada al máximo nivel. Equipos de última generación, cabinas gigantes, luces robóticas que parecían de otro planeta, andamios enormes para elevar los focos… todo montado con un despliegue imponente.
Recuerdo la primera vez que me invitó a ver los equipos. Los tenía en un cuarto especial de su casa, aunque en realidad parecía más una bodega adaptada para guardar tesoros. Apenas los vi, supe que quería estar ahí. No lo pensé dos veces y me ofrecí a trabajar con él. Aceptó de inmediato: ya le había contado mi experiencia previa.
Yo sabía poner música, sabía mezclar, conocía el arte de leer al público y mantener la pista llena, que era la clave del éxito. Ese conocimiento me daba confianza.
Lo difícil fue pensar cómo hablar con mi amigo de la miniteca. Nos habíamos vuelto muy cercanos; yo había visto crecer su negocio, incluso se había comprado un pequeño furgón para transportar los equipos. Pero la vida me estaba poniendo una nueva oportunidad en frente, un peldaño más alto, y no podía dejarlo pasar.
Además, digámoslo sin vueltas: Coca-Cola mata tinto.
El salto de la miniteca a la maxiteca fue como pasar de una cancha de barrio a un estadio olímpico.
En la miniteca teníamos cables que se enredaban en cada montaje, luces que parecían bombillos navideños y parlantes que había que cargar como si fueran ladrillos gigantes. La maxiteca, en cambio, era otro planeta.
El cuarto donde guardaban los equipos parecía un santuario: filas de luces robóticas que giraban como cabezas futuristas, consolas que parecían cabinas de avión, parlantes tan grandes que yo sentía que podían derrumbar una pared con un solo bajo. Cuando encendían todo al tiempo, la bodega se llenaba de destellos, como si hubiéramos abierto un portal a otra dimensión.
El montaje de cada evento era un espectáculo en sí mismo. Llegábamos con camiones cargados, levantábamos andamios metálicos de varios metros, colgábamos luces que parecían estrellas artificiales y desplegábamos pantallas que hipnotizaban a cualquiera. Era cansado, sí, pero cuando todo quedaba listo y la música comenzaba, yo me sentía en la cima del mundo.
El público también era distinto. En la miniteca hacíamos fiestas en conjuntos residenciales, quinceañeras de barrio y salones sociales con mesas improvisadas. Aquí, en la maxiteca, entrábamos en clubes privados, salones de convenciones, discotecas de lujo. Las chicas llegaban en vestidos brillantes, los chicos en camisas costosas. Había barra libre, seguridad privada, decoraciones que costaban más que todo lo que yo había visto en mi infancia.
Yo, que venía de cruzar cada noche la calle que separaba el barrio rico del pobre, me encontraba ahora viviendo esa contradicción en carne propia: un pie en el mundo de los lujos, otro pie regresando a mi casa humilde, donde el mercado se compraba contado y las cuentas de la universidad se pagaban con un crédito que le quitaba el sueño a mi papá.
Él nunca se quejaba. Nunca me dijo que no podía. Al contrario: me animaba a seguir, como si depositara en mí una confianza que yo no terminaba de merecer. Yo sabía que detrás de cada matrícula, de cada libro, había un préstamo más, un interés más. Y eso me pesaba.
Pero en las noches de la maxiteca me olvidaba de todo. La música lo cubría todo, como un velo brillante. Yo en la cabina me transformaba. No era el hijo del barrio popular ni el universitario endeudado. Era el DJ que movía a cientos, el que lograba que una pista completa saltara al mismo tiempo, como si los corazones latieran al ritmo de mis manos. Esa sensación de control, de poder efímero, era adictiva.
Y aunque sabía que al amanecer volvería a la realidad —a mi casa pequeña, a la deuda de mi padre, a la universidad que me exigía más de lo que yo podía dar—, cada fiesta era un espejismo delicioso. Un lugar donde todo parecía posible, donde el humo, las luces y el bajo ocultaban por unas horas la dualidad de mi vida.
Cuando llegamos al coliseo, me quedé paralizado. Era un monstruo de concreto, un espacio tan enorme que el eco de mis pasos parecía reírse de mí. Vacío, era imposible imaginarlo lleno de gente, pero esa misma inmensidad me golpeó con una mezcla rara: nervios y poder. Yo estaba allí, al pie de una tarima que parecía hecha para gigantes, y sentía que el destino me estaba probando.
No me dejaron poner música esa primera vez, claro, eso era territorio sagrado de mi nuevo amigo. Pero sí me dieron el micrófono. “Animate, haz que la gente vibre”, me dijo. Y de repente, yo ya no era un novato: era el dueño de la voz que todos escucharían.
El montaje era absurdo, desbordante. Tres máquinas de humo escupían nubes que avanzaban como olas, luces robóticas se encendían y se movían como bestias ciegas buscándome, y dos bailarinas me acompañaban en la tarima, iluminadas conmigo. Yo no sabía si reírme de la locura o llorar de emoción. En ese instante, me sentí Michael Jackson versión barrio popular.
Cuando arrancó la música, mi amigo soltó una introducción que jamás había escuchado. Un sonido épico, como de película, que ponía la piel de gallina. El corazón me latía tan fuerte que casi flotaba. Cogí el micrófono, respiré hondo y dije mi primera línea:
—“Es el momento. No estás aquí solo para bailar… ahora sabrás que la mejor fiesta de tu vida comenzó aquí.”
Entonces estallaron los volcanes pirotécnicos y la multitud rugió. La pista se llenó como un río desbordado, y en ese momento entendí que había cruzado un umbral: ya no era el chico que cargaba cables en una miniteca, era el artista que desataba el caos en un coliseo.
Fuimos a muchos lugares después de esa noche. Cada evento no era simplemente una fiesta: eran conciertos en toda regla. Y yo, el animador que había empezado con miedo, me convertí en el artista de la animación, el que hacía que la gente gritara, saltara y no quisiera irse nunca.
Y mientras todos andaban babeando detrás de las bailarinas o de las chicas que llegaban en grupo a las fiestas, yo nada. Ni miraba. Estaba tan concentrado en mi papel que ni siquiera procesaba si alguna me sonreía. Para mí lo importante era que la pista estuviera llena y que la gente no parara de gritar. El coqueteo era un lujo para otros; yo estaba casado con el micrófono.
Con el tiempo, la confianza creció. Mis jefes comenzaron a soltarme la consola. Al principio en eventos pequeños, luego en fiestas más serias. Y cuando el negocio prosperó tanto que a veces coincidían dos fiestas en una misma noche, me tocó hacer los dos papeles: animar y poner la música. Ese fue mi verdadero bautizo. De animador a DJ complementario.
El cierre de cada evento tenía su propio ritual. No era rezar, no. Era fumar. El papá de mi nuevo amigo, un empresario que siempre estaba pendiente del negocio, cargaba con su cajetilla de cigarrillos y los repartía como si fueran confites en primera comunión. Todos agarrábamos uno, o dos, y ahí estábamos: fumando como ogros al borde de la madrugada, riéndonos de cualquier tontería, con los oídos todavía zumbando de tanto parlante. El humo nos envolvía como si fuera parte del espectáculo, pero ahora para un público privado: nosotros mismos.
Y yo, que ya venía con el vicio desde antes, lo alimentaba feliz. Decía que estaba cansado, que quería dejarlo, pero al final siempre tenía un cigarrillo prendido, compartiendo carcajadas con los demás. Era como si la nicotina fuera el aplauso final de cada noche.
La vida en la maxiteca se volvió una rutina gloriosa: viajes, fiestas, montajes gigantes, humo de máquinas y humo de cigarrillos. El papá de mi amigo repartía tabaco como si fueran caramelos y yo, feliz, me entregaba a ese ritual que parecía el aplauso final de cada noche.
Pero no todo era fiesta. También estaba el otro lado: el espiritual. Yo seguía yendo al grupo de oración donde mi mejor amiga —la que hablaba con la Virgen— reunía a varias personas. Aquello era una mezcla rara entre rosario, profecías y ciencia ficción. Yo lo vivía con ojos abiertos de par en par, siempre soñando, siempre imaginando historias con cada palabra que escuchaba. Era mi combustible creativo, lo que me mantenía inventando mundos.
Un par de veces mi amigo de la maxiteca me acompañó. Él se sentaba serio, escuchaba, pero nunca terminaba de creer. Al salir me decía:
—Vos sí que te dejas llevar, José.
Él prefería el grupo de jóvenes de la parroquia, más sobrio, más estructurado, sin tanto misticismo. Yo en cambio necesitaba esos relatos casi cinematográficos, esas visiones que me encendían la imaginación. Así éramos: él, con los pies firmes en la tierra; yo, flotando entre humo y visiones.
Esa dualidad se convirtió en nuestra marca. En el escenario, éramos el equipo perfecto: él dominaba la técnica y yo la energía del público. Afuera, cada uno seguía su camino: él iba a reuniones serias, yo a escuchar testimonios de rayos que te mataban y te resucitaban en el purgatorio. Y entre esos dos extremos me movía, siempre con la sensación de que algo grande se estaba gestando.
No sabía qué, pero lo intuía. Y ese presentimiento se volvió carne el día que, caminando por la ciudad después de la universidad, me encontré con un cartel en la puerta de una bodega recién remodelada:
El corazón me dio un brinco. Me acerqué, vi el interior: una barra inmensa de madera recién instalada, mesas que todavía olían a corte nuevo, y una cabina al fondo que parecía vigilar todo el lugar. Era una discoteca en construcción, pero ya respiraba grandeza.
Ese día supe que se venía un salto.
Pero no todo fue color de rosa. Como todo en la vida, había trampas escondidas. Antes de que apareciera la audición en mi camino, salió un viaje a un pueblo, a unas cuatro horas de la ciudad. Los organizadores nos habían prometido un megaevento al aire libre, el más grande que hubiéramos visto jamás.
Todo el equipo estaba enloquecido. Decían que ese concierto sería la catapulta al infinito y más allá. Yo recuerdo que en ese bus de ida nos sentíamos dueños del país: nos creíamos empresarios de alto vuelo, como si ya nadie pudiera detenernos. En mi cabeza hasta dudaba de la audición que había visto en la ciudad. “¿Para qué meterme en eso, si ya estamos llegando más alto que cualquiera?”, pensaba.
Cuando llegamos y vimos el lugar, casi nos da un infarto. Era un campo abierto gigantesco, tan grande que yo juraba que hasta se podía aterrizar un avión ahí mismo. El pecho se me llenó de asombro, de orgullo, de esa sensación inexplicable que se te mete en las tripas. Me devolví mentalmente a mi debut en el coliseo, pero esto era otra dimensión.
Montamos todo apenas llegamos. El evento sería al otro día, así que teníamos tiempo para descansar, recorrer el pueblo, tomarnos unas cervezas e irnos a dormir al hotel. Esa noche casi no pegué un ojo: estaba convencido de que iba a ser la fiesta más grande de mi vida.
Al otro día, temprano, decidí que la ocasión merecía pinta nueva. Me fui al almacén más prestigioso del pueblo y me gasté lo que llevaba: una camisa de moda, unos lentes oscuros carísimos y una gorra que me hacía sentir como un gringo ricachón. Ese día yo no caminaba, desfilaba.
El papá de mi amigo nos decía con cara seria:
—Si esto sale bien, nos llenamos de contratos por toda Colombia. Estos empresarios son pesados.
Yo asentía, feliz, imaginando la gira nacional.
Llegamos al campo muy temprano, tan temprano que fuimos los primeros. Solo había un par de vigilantes que nos abrieron la puerta. Armamos todo el equipo, respirando orgullo, humo de máquina… y humo de cigarrillo, porque ya nadie pedía pitillo al jefe: todos llevábamos nuestra propia cajetilla. Éramos empresarios, ¿no? Después de esto, ¿qué audición de DJ ni qué ocho cuartos?
Pero las horas pasaban y nada. Ni un alma. Ni un cable extra, ni un técnico, ni un organizador. Nada.
El papá de mi amigo se fue a averiguar. Volvió al rato, blanco como un papel, con la cara desencajada. Solo alcanzó a decir:
—Nos tumbaron.
Resulta que era una banda de estafadores. Habían inventado un evento fantasma para robarle también al distrito, y nosotros éramos la fachada perfecta. Nadie llegaría, porque nunca hubo fiesta.
El resultado fue desmontar todo, cabizbajos, y regresarnos más aburridos que misa sin sermón. Yo además con la billetera vacía, porque me había gastado lo poco que tenía en el outfit de “gringo ricachón” que ya no serviría para nada.
Ahí entendí otra lección: en este negocio, igual que en la vida, un día eres rey del coliseo… y al otro, payaso de pueblo estafado.
Capítulo 6 - Tras el humo
Todavía tenía en la garganta el sabor amargo del fiasco en el pueblo cuando el día de la audición llegó. Nadie lo sabía, era mi secreto: ni mis compañeros de la maxiteca, ni mis amigos de la universidad, ni siquiera mis amigos del barrio rico, ni mucho menos mi mejor amigo. Yo lo había guardado todo para mí, como si contarlo fuera a espantar la oportunidad.
Cuando entré a la discoteca en construcción, esa misma sensación que tuve al ver el cartel me volvió a recorrer el cuerpo: el olor a madera fresca, la barra inmensa, las mesas todavía nuevas, la cabina al fondo como un ojo vigilante. Ese lugar parecía un monstruo dormido, esperando que alguien lo despertara, y yo sentía que era mi turno.
Había cuatro DJ’s más: tres antes que yo y uno que cerraría. Cada uno con su estilo, con su forma de mover la música. Yo los miraba y en silencio repetía: “no basta con poner canciones, hay que darle alma al lugar.”
Cuando me tocó, me temblaban las piernas. La cabina era rara: no estaba pensada para un DJ de verdad, sino para presentaciones de grupos en vivo. A un lado, una mesa con más de 24 canales, dos decks de CD no profesionales recién sacados de la caja, un mezclador pequeño. Nada parecido a las consolas que yo dominaba en la maxiteca. Pero yo no me iba a dejar intimidar.
Saqué mis discos. Los acomodé como si fueran cartas de póker. Probé el micrófono. Y antes de todo, saqué de mi billetera una estampita de la Virgen María que me había regalado mi amiga del grupo de oración. La coloqué al lado del mezclador, como un amuleto.
Respiré hondo y pensé: “Si esto es para mí, aquí te entrego todo, mi Dios.” Miré al techo y, como si fuera un ritual espiritual, lancé la primera pista —la música tipo banda sonora, casi cinematográfica, que ya usaba para impresionar en los eventos de la maxiteca— y la energía me recorrió el cuerpo. Tomé el micrófono y, con voz firme, lancé mis líneas de apertura. No era solo música: era un espectáculo, una historia que estaba contando a través de los parlantes.
El administrador abrió los ojos como si le hubieran metido corriente. Los organizadores se miraron entre sí como preguntándose: “¿de dónde salió ese loco?” Y yo, con el corazón en la garganta, lancé el primer mix de verdad. Sonó tan duro el primer golpe de bajo que se sentía en el cuerpo la vibración. No podía negar el buen sistema de sonido que habían colocado en esa discoteca: literalmente sacaba la cara de la consola improvisada de DJ. Era un sonido potente y nítido, y además, como era un lugar cerrado, tuve la sensación de que la vibración de los bajos despeinaba a los presentes.
Yo ya estaba acostumbrado a dar el primer impacto, porque había tenido mucha experiencia con la maxiteca y había pulido las frases de inicio. Además, puede que los equipos no fueran profesionales para un DJ, pero eran tan sencillos para mí que me valí de una reverberación exagerada en la última sílaba de la última palabra, extendiendo la sensación como si viniera de otro mundo. Inmediatamente empalmé dos canciones más que encendieron de inmediato la energía del lugar.
No hubo tiempo de pensar. Solo de sentir. La música fluyó, la pista imaginaria vibró en mi cabeza, y yo era el dueño de ese escenario aunque no hubiera un solo cliente presente.
Cuando terminé, hubo un silencio extraño, como de sorpresa. Y luego, los aplausos. No a gritos, no como en un coliseo lleno, pero sí esos aplausos que significan: “lo lograste, este puesto es tuyo.”
El último DJ ni siquiera tuvo chance. Lo escucharon por cortesía, pero la decisión ya estaba tomada. Yo lo miraba con algo de culpa, porque sé lo que es que te saquen del salón de clase, que te ignoren como si no existieras. Pero al mismo tiempo, por dentro, celebraba como nunca.
Ese día no salí caminando de la discoteca. Salí flotando. Y lo más increíble es que todo había empezado con un simple cartel pegado en una puerta.
Todavía tenía los aplausos retumbando en la cabeza cuando el administrador me llamó con un gesto seco de la mano. Me indicó que lo siguiera por un pasillo angosto, detrás de la cabina. El corazón todavía me latía como tambor: no sabía si eso era una buena señal o si me iban a decir que, a pesar de todo, no estaba listo.
La oficina era un cuarto pequeño, con una mesa de vidrio y dos sillas de cuero negro que olían a nuevo. En la pared colgaba un plano arquitectónico del lugar, con anotaciones a lápiz y manchas de café. Allí estaban sentados el administrador y un hombre que de inmediato supe que era el dueño. Tenía una cadena gruesa de oro, camisa abierta en el pecho y un aire de alguien que ya había visto de todo.
—Siéntese, muchacho —me dijo el dueño, con voz grave.
Yo obedecí, tratando de no mostrar cómo me temblaban las manos.
El administrador rompió el silencio:
—Lo que usted hizo allá arriba… eso no lo vimos en ninguno de los otros. Se nota que sabe animar, que entiende cómo calentar al público, incluso aunque no haya público.
El dueño asintió despacio, entrecerrando los ojos como si quisiera leerme por dentro.
—Aquí no buscamos solo un DJ que ponga canciones —dijo—. Necesitamos un artista. Alguien que le dé alma a este lugar. Y lo que yo vi allá arriba fue eso: alma.
Yo sentía que me hervía la sangre de la emoción, pero me forcé a mantenerme serio, como si aquello no me sorprendiera.
—¿Tiene experiencia en discotecas grandes? —preguntó el administrador, tomando notas en una libreta.
—He trabajado en maxitecas —respondí—. Eventos masivos, colegios, clubes, hasta fiestas privadas. Y siempre me ha ido bien porque no solo pongo música: cuento una historia.
El dueño sonrió apenas, mostrando un diente de oro.
—Me gusta cómo habla. Me gusta más cómo suena.
Hubo un silencio breve, como si estuvieran poniéndome a prueba con la espera. Yo apretaba la estampita de la Virgen que todavía guardaba en el bolsillo, como pidiéndole que ese momento se inclinara a mi favor.
Finalmente, el dueño se inclinó hacia adelante.
—Está contratado. Pero aquí no se juega: si un día la gente no responde, la culpa será suya. Y si usted aguanta eso, entonces será parte de esta casa.
Sentí un nudo en la garganta. Asentí con fuerza, como si acabara de firmar un pacto invisible.
Salí de la oficina con una mezcla rara de alivio y vértigo. El monstruo dormido de la discoteca ya tenía su domador, y ese, para mi sorpresa, era yo.
Esa noche tampoco pude dormir bien. Tenía una mezcla de sensaciones imposibles de ordenar: primero, la alegría de haber escalado un peldaño más en mi vida como DJ. Ya no me sentía un simple trabajador de fiestas escolares o de eventos privados; por primera vez me invadía la sensación de ser un profesional de verdad. Ese era el rumbo de mi vida, la autopista hacia mis sueños, la ruta para conquistar la riqueza y —¿por qué no?— algún día convertirme en dueño de mi propio negocio.
Hacía cuentas en mi cabeza: el sueldo en la discoteca superaba cualquier pago que hubiera recibido antes. No más cargar equipos, no más bregar con cables y parlantes. Ahora lo único que tendría que cargar era mi cajetilla de cigarrillos, porque la música, las luces y todo lo demás ya estaba instalado. Yo solo debía llevar mis ganas, mi voz y mi estilo.
Pero al mismo tiempo, me aterraba la idea de renunciar. Sentí de nuevo ese nudo en la garganta que me había apretado cuando le dije adiós a la miniteca. Solo que esta vez era mucho más fuerte, porque no me estaba despidiendo de dos personas, sino de toda una familia con la que había compartido momentos inmensos. Estaba agradecido: allí había crecido, allí había aprendido lo que me permitió ganarme la audición.
Y lo más difícil: mi amigo. No era solo un socio de fiestas; era alguien con quien también compartía lo espiritual. Habíamos ido juntos a grupos juveniles, habíamos hablado de Dios, de sueños y de miedos. No era fácil soltar eso. Ese día llegué con lágrimas escondidas. Los abracé uno a uno, y cuando mi amigo me miró, pensé que iba a notar mi tristeza. Pero él, grande en humildad, no se entristeció. Al contrario: me felicitó con una sonrisa sincera. Y eso me hizo sentir que todo lo vivido con ellos había valido la pena.
El día de la gran inauguración llegó. Para mi sorpresa, estaba calmado. No tenía nervios. Nunca me había sentido tan seguro de mí mismo. Todo estaba servido: solo tenía que lanzarme y probar el banquete que tenía enfrente.
Esa noche, el tráfico alrededor del lugar colapsó. La fila para entrar era tan larga que parecía un concierto internacional. Dos máquinas de luces apuntaban a la fachada, iluminando la noche con un brillo que ni Hollywood podía igualar. Una alfombra roja recibía a los invitados como si fueran estrellas de cine, y en efecto, entre los asistentes llegaron presentadores de televisión, modelos y hasta algún político colado.
El lugar se llenó en cuestión de minutos. Yo, desde la cabina elevada que dominaba todo el escenario, me sentía un dios. La rumba comenzó a fluir como un río imparable, la gente no dejaba de bailar, y para rematar, alterné con una orquesta que puso el toque tropical. El trabajo en equipo fue perfecto: yo calentaba la pista, ellos remataban con salsa y merengue, y el público enloquecía.
Esa noche no había sillas vacías. El éxtasis era total: la música, las luces, el humo, la energía. La barra vendió casi todo el licor y los organizadores no cabían en sí de la felicidad. Yo, en la cabina, entendí que había dado un salto definitivo. Ya no era el muchacho que animaba fiestas escolares. Esa noche nacía como DJ de discoteca.
La noche se volvió muy larga. Ya no era el muchacho que trabajaba uno o dos días el fin de semana: ahora era DJ de planta. Tenía que comenzar desde el miércoles, porque ese día estaba reservado para un público especial: adultos que buscaban un ambiente más calmado, con rancheras, vallenatos y el licor más caro de la barra.
Era curioso: los miércoles y jueves nunca había orquesta, solo yo. Y aunque entraba poca gente, lo que consumían compensaba el vacío de las mesas. Aprendí otro estilo, afiné el oído para ritmos que antes no me interesaban, y descubrí que incluso en noches tranquilas se podía dominar un ambiente con la música justa.
Entonces ocurrió algo que me desarmó. Una nueva mesera entró a trabajar en el lugar. Bella, con una sonrisa que iluminaba hasta las esquinas más oscuras del sitio. Yo mantenía la misma filosofía de siempre: “no me involucro con nadie en mi trabajo”, esa era mi forma de mantenerme concentrado, blindado. Pero ella… ella empezó a meterse poco a poco en mi rutina.
Era la que siempre me llevaba las peticiones musicales de los clientes. Lo hacía en servilletas dobladas, con una letra pequeña y ordenada. Y aunque era un simple detalle, se volvió un rito entre nosotros. Yo esperaba esa servilleta como un niño espera un dulce. Ella llegaba, me miraba un segundo, y me dejaba el papel con las canciones.
Hasta que una noche, en lugar de una lista, me entregó una servilleta con un corazón dibujado.
Se me vino un recuerdo inmediato: mi mejor amiga del colegio, los tiempos de cartas y poemas. No sé cómo describir ese momento. Fue como si el amor —ese que yo había dado por perdido desde la adolescencia— hubiera regresado por sorpresa, sin avisar.
La diferencia es que esta vez no fui yo el que buscó. Fue ella la que me buscó a mí. Tan sutil, tan elegante, que me rendí sin darme cuenta. Se convirtió en mi novia.
Y yo no lo podía creer. En esa época todavía era tímido, aunque ya había dejado atrás el acné severo. Eso sí, de vez en cuando me salía un brote rebelde, y mis dientes seguían en recreo, nada que hacer. Siempre me había preguntado cómo una mujer tan linda podía fijarse en alguien como yo. Pero esa noche dejé de hacerme preguntas. No importaba el espejo ni las cicatrices: ella me había escogido, y con eso bastaba.
El tiempo pasaba y yo era feliz, pero también estaba cansado. Ya no rendía en la universidad. Cursaba tercer semestre de publicidad y las consecuencias empezaban a notarse: materias colgadas, trabajos sin terminar, notas que caían en picada.
Me invadía una especie de empoderamiento absurdo. Pensaba: “¿para qué estudiar? Si ya encontré el rumbo, si lo mío está aquí, en la noche, en la música, no en los salones de mercadeo.”
Qué pésima decisión salirme de la universidad. Definitivamente, cuando uno es joven no mide las consecuencias, y esa sería una de esas heridas que me arrepentiría por el resto de mi vida.
Una noche hubo un evento especial. La discoteca fue alquilada por una emisora de música tropical, y llevaron una de las orquestas más sonadas de toda Colombia. El montaje fue impresionante: luces, refuerzos de seguridad, meseros extra… Todo. Esa noche el lugar se convirtió en un templo de música, sudor y licor.
Yo ya gozaba de cierto prestigio, me movía como pez en el agua, o mejor dicho, como corriente entre cables. Todo fluía perfecto: estabilidad económica, novia, amigos, y un nombre que poco a poco sonaba más fuerte en la escena nocturna. Esa noche mi novia no fue; tenía que adelantar trabajos para la universidad. Por lo tanto, tampoco habría rito de madrugar a llevarla hasta su casa.
Cuando terminó el evento, uno de los meseros me pidió que lo acompañara hasta la vía principal. Yo siempre hacía ese trayecto a pie —unos veinte minutos— porque el barrio era seguro a pesar de la violencia de la época, y además me gustaba caminar. Sentía que en cada paso me acompañaba un ángel, una especie de protección divina, quizá efecto de los años en el grupo de oración.
Pero lo que no me alejó esa noche fue el encuentro frontal con el mal. Un encuentro que marcaría mi vida para siempre, hasta dejarme literalmente sin nada en el futuro.
Caminamos unos minutos. De pronto, el mesero me dijo:
—¿Quiere un cigarrillo?
Le respondí que no hacía falta, que yo llevaba los míos. Además, dudaba que fumara mi misma marca. Pero él sonrió de una forma rara, casi burlona, y me insistió:
—Nooo, yo le digo si quiere fumar de verdad.
No entendí. Yo era ingenuo, a pesar de ser ya “un DJ profesional”. Entonces sacó un papelito, un poco de marihuana, y lo armó con la destreza de alguien que lo hacía todos los días. Lo encendió como si nada, soltó la primera bocanada y me miró fijamente a los ojos:
—¿Nunca la has probado?
Le dije que no. Pero en ese instante sentí que no era él quien me hablaba. Era como si otra presencia lo habitara. Una oscuridad disfrazada de simpleza. Esa fue mi sensación: como si el mismísimo demonio me estuviera tentando.
Me dijo en seco:
—No sea cobarde.
Esa palabra me atravesó. “¿Cobarde? ¿A mí, la estrella de la noche?” Mi orgullo me carcomió. Y entonces pasó lo que no debía pasar: mi voluntad se quebró.
Esa noche, por primera vez, probé el humo prohibido.
En este momento entiendo muchas cosas. Miro hacia atrás y esos recuerdos me invaden como clavos al rojo vivo. Entender el daño en ese momento era casi imposible. Hoy en día, meter vicios es visto como algo normal, incluso hasta glamuroso, pero la verdad no es normal. Será común, sí, pero no es normal alterar el funcionamiento natural de nuestro organismo.
No es fácil recordarlo. No es fácil escribirlo. Hiere profundamente mi alma y las lágrimas se me salen mientras lo escribo. Pero sé que esto es más que enfrentar el dolor: es liberación. No solo para mí, sino también para quien, leyendo estas palabras, pueda reconocer su propio camino. Este viaje está lleno de anécdotas, de historias que pueden identificar, que pueden sanar.
Ahora entiendo perfectamente a mis hijos, a mi exesposa, a mi familia. Ahora entiendo esta soledad bien merecida. Por eso no quiero que nadie pase por esto. No se lo deseo a nadie. Prefiero escribirlo como si fuera mi propio testamento, como un salvavidas que lanzo en mar abierto.
Más que una historia, esto es un manual. Un espejo donde se pueden ver las consecuencias de las decisiones. Una advertencia de que el mal existe, aunque algunos quieran negarlo. Porque para mí no llegó como una sombra con cuernos, sino como algo sutil, algo que me fue destruyendo poco a poco.
Esa noche llegué a mi casa mucho más tarde de lo acostumbrado. Nadie se dio cuenta, porque igual ya era domingo y el sol apenas se asomaba. Pero yo… yo había vivido experiencias que literalmente fueron de otro mundo.
No fue de repente. No me dejé envolver tan fácil. Después de aquella primera vez no volví a hacerlo durante mucho tiempo. Me sentía mal, sucio. Era una sensación que hasta hoy no puedo describir del todo: moralmente estaba en guerra conmigo mismo.
¿Cómo una persona con una familia que luchaba, con una novia decente, responsable, trabajadora; con amigos de oración y grupos espirituales podía estar haciendo esto?
Pero el mal no se detiene. Es un león rugiente que nunca descansa, siempre despierto, siempre alerta, esperando devorar su presa. Yo seguía en mi rutina y viviendo mi noviazgo. Empecé a soñar en casarme, en algún día llegarle a mi novia con un anillo. Comencé a tener la sensación de responsabilidad, de planear un futuro, de ahorrar no para comprarme un acuario nuevo, sino para organizarme con mi nuevo amor que me llenaba de alegría.
Pero el mal no conoce del tiempo como nosotros los humanos. Él tiene todo el tiempo del mundo. Nunca descansa. Siempre espera. Siempre paciente.
Mi última noche en esa discoteca no la vi venir. Era un miércoles. Ese día, aquel mesero me invitó de nuevo a que saliéramos antes de que empezara la jornada fuerte. Ya habían llegado algunos clientes habituales y yo ya tenía un CD grabado con una tanda de una hora de música para ese momento. No le vi problema y salí tentado de nuevo. Quería saber qué se sentía colocar música en ese estado.
La noche pasó normal y yo, esta vez, sentía un empoderamiento extraño: la música fluía de una forma diferente. Al otro día, al llegar a la discoteca, el dueño me llamó a su oficina. Cuando entré, estaba sentado el mesero en una de las sillas, pero esta vez las sillas estaban separadas del escritorio, frías, como si marcaran distancia. Mirándome con voz despótica y grave, me dijo que siguiera y me sentara.
Fue directo al grano: me estaba despidiendo. O mejor dicho, echando. La noche anterior, cuando llegamos con el mesero todos drogados, habíamos cogido el teléfono público de la entrada y le habíamos sacado las monedas. Nos pareció gracioso ver que el candado era tan delicado como plastilina. Yo recuerdo que no lo hice con mala intención. Es ridículo pensarlo así, pero la verdad es que mi voluntad estaba anestesiada. Simplemente lo vi como un juego, como un reto: yo, toda una estrella, todo un DJ profesional… ¿para qué me iban a servir unas monedas?
La despedida fue corta. El dueño me dijo que podría pasar por mi cheque la próxima semana. Yo no sabía qué hacer, ni qué decir. Tenían toda la razón: ya nunca confiarían en mí.
Lo curioso es que, cuando subí a esa oficina y el dueño me dijo esto, al principio ni me acordaba. Era como si, simplemente, esa noche hubiera reído con un mal chiste y ya. Cuando mi novia llegó yo estaba sacando mis cosas de unos lockers en la parte de atrás. Ella me preguntó por qué estaba recogiendo mis cosas y yo le conté todo. Quedó en shock, no sabía qué decirme. Comenzó a llorar y no quiso despegarse de mí ni un segundo.
Le conté lo que pasó, pero no le dije por qué lo hice ni bajo qué efectos lo había hecho. Ella no comprendió nada en ese momento. Y cuando llegué a la salida, ella me dijo que también renunciaría para irse conmigo. No podía permitirlo. Le dije que se quedara, que se tranquilizara, que luego hablaríamos.
Salí al mismo tiempo que el mesero. No nos quedó más remedio que perdernos en el humo y en el pavimento.
Capítulo 7 – La culpa
Como yo ya era un DJ reconocido en la escena, las disqueras tenían la costumbre de regalarnos los discos antes de lanzarlos a las emisoras o al mercado. Nos consentían como dioses: eventos especiales, viajes, cenas, regalos. Eso hacía que tuviéramos contactos y buenas relaciones con otros compañeros DJs.
Cuando ocurrió lo de la primera discoteca, un DJ amigo me dijo que estaban necesitando alguien en un bar de prestigio. Yo ya iba recomendado, y además venía de un lugar que había sido un éxito total. Obviamente no le conté la verdad de por qué me había ido, no era necesario: el puesto ya era mío.
No era un lugar tan grande, más bien pequeño, pero tenía un ingrediente que lo hacía único. Primero: tenía una consola profesional de verdad, nada de improvisaciones. Segundo: me daban total libertad para manejar la música a mi estilo. Y tercero: los jueves llegaba el grupo de motociclistas más influyente de la ciudad, una especie de hermandad urbana que paralizaba el tráfico. Verlos entrar en tropel, con sus motos rugiendo, sus chaquetas de cuero y mujeres exóticas en la parrilla era un espectáculo. A ellos se les sumaban artistas de moda, actores, turistas… No era una discoteca común: era un bar exclusivo donde la rumba tenía otro nivel.
Mi novia, por supuesto, también se pasó a trabajar allí. Ganaba más dinero, no tanto por el sueldo, sino por las propinas. Volvimos a estar tranquilos. Yo, incluso, me sentía renovado: no volví a probar el humo prohibido.
Una noche, caminando hacia la discoteca por el puente que solía cruzar, me cayeron tres “ñeritos” de la calle. Venían directo a atracarme. Yo cargaba mi morral con dos “biblias”, como les decíamos en ese entonces: dos carpetas que contenían unos doscientos CDs originales, mi tesoro.
En ese instante me salió una chispa de astucia. Manteniendo la calma, les dije que yo era parcero de ellos, que pertenecía a POCALANAS, un grupo de oración que de madrugada salía a llevar pan y chocolate a los habitantes de calle. Ese grupo era muy conocido y respetado entre ellos. Me miraron raro, y de un momento a otro cambiaron de actitud: me pidieron disculpas y hasta se ofrecieron a escoltarme hasta el lugar al que iba, “para que no me pasara nada”.
Ahí debí haber inventado una excusa, decir que iba para otro lado, pero no pude. Me dejé llevar por el ego, por la soberbia de sentirme iluminado. Caminé con ellos rumbo a la discoteca, y en el camino empecé a exhortarlos a dejar la mala vida. Ellos me daban la corriente, asentían, hasta parecían conmovidos. Yo, ingenuo, me sentía como un predicador callejero, un iluminado que hablaba a los pobres.
No sabía que lo que en realidad hacían era inteligencia. Esa noche me dio miedo y dejé la maleta en la discoteca.
Al otro día, el dueño me llamó. Nunca antes me había llamado directamente. Me dijo con voz entrecortada que al llegar encontró el lugar vacío: se habían metido ladrones y robaron todo. La caja fuerte, varias botellas y, lo más grave, todos los equipos de sonido. Entraron por el techo. Las cámaras solo mostraban siluetas: gorras abajo, rostros cubiertos. Pero yo logré identificar a dos de ellos: eran parte de los que me habían escoltado la noche anterior.
Aunque hice la denuncia y di la descripción, nunca los capturaron. Se perdieron del mapa como si se los hubiera tragado la tierra.
Ese día todo fue un corre-corre. Tuvimos que improvisar equipos, y gracias a la solidaridad de otros DJs logré grabar algunos CDs para poder cumplir con los eventos del fin de semana.
Ese golpe fue para mí una tragedia.
No tanto por el dinero ni por los equipos robados, sino porque sentí que me habían arrancado una parte de mí mismo. Creció una culpa silenciosa, feroz, que me mordía por dentro. Yo mismo me regañaba sin descanso, retrocedía el casete una y otra vez en mi cabeza, buscando la escena exacta en la que pude haber cambiado todo. Soñaba con devolverme al pasado, con inventar una excusa, con no haber aceptado aquella escolta maldita.
Me daban ganas de estrellarme contra la pared.
Me sentía tan ingenuo, tan débil, tan imbécil.
No lo compartí con nadie. Ese fue mi error más grande.
Guardé el veneno dentro y lo dejé fermentar en silencio. Y en esa soledad la culpa se hizo más grande, más cruel, más asesina. Yo lloré, Dios sabe cuánto lloré. Me vi solo, desconsolado, vacío. No era solo el robo: era que me habían quitado mi tesoro. Mi música. Esos discos que no tenían otros, esos tracks que eran difíciles de conseguir y que me daban estatus, diferencia, poder. No era como hoy, que con un clic lo tienes todo. No. En esos discos estaba mi identidad, y ahora todo se había esfumado en una noche absurda.
Como no entendía bien lo que me pasaba, como no sabía darle nombre a ese hueco en el pecho, volví a buscar refugio en la marihuana. Fue mi error, sí, pero también fue la puerta que me empujó a otro lugar. Ese humo no me calmó: me quebró.
Ahí, en ese estado, tuve algo que no sé si llamar visión, alucinación o pesadilla. No era como antes, cuando lo probé y me sentí torpe, ajeno, sucio. Esta vez fue distinto. Sentí que me enfrentaba cara a cara con algo. Como si una voz me hablara desde un rincón oscuro de mi cabeza.
Una conversación.
Una confrontación.
Con algo que se quedaría en mi psiquis para siempre.
Los años pasaron, un par más o menos, y yo seguía en mi estatus. No era un rey, pero tampoco había caído del todo. Seguía con mi novia, seguía trabajando, seguía en la rumba, y aunque la sombra del pasado me mordía de vez en cuando, el brillo de las luces todavía me mantenía en pie.
Una noche, en medio de un jueves cualquiera, la vida me lanzó otra de esas jugadas que parecen casualidad, pero que en realidad son trampas del destino. Llegó un locutor de una de las emisoras más prestigiosas del país. No era cualquiera: era el locutor estrella, la voz que todo el mundo reconocía en la radio. Alto, mechilargo, mono, de ojos claros, un tipo con presencia de escenario incluso cuando estaba sentado en la barra.
Lo noté raro, angustiado. Se me acercó y, casi como al pasar, me contó que al otro día tenía un evento muy importante, una fiesta exclusiva de esas a las que solo va la élite del entretenimiento y la política, y que su DJ de planta no podía ir. Me habló como quien lanza un anzuelo, sin preguntar directamente. Pero yo ya entendí la jugada.
—Si quiere, yo puedo llamar a un amigo mío para que me reemplace mañana acá y yo le ayudo en su evento —le solté de una.
Los ojos se le iluminaron. La discoteca entera pareció encenderse con esa mirada. Exclamó, entre emoción y falsa ingenuidad:
—¿Sí puede? ¡De una!
Y así quedé fichado.
Lo que descubrí al día siguiente fue un mundo paralelo. Aquello no era una fiesta cualquiera: era un espectáculo armado con precisión quirúrgica. Tenía dos bailarines, pero no eran cualquier par de bailarines improvisados. Uno de ellos era un instructor de rumba reconocido en toda Bogotá, atlético, alto, un moreno con trenzas largas que parecían moverse con la música misma. Pura fiera de escenario. La otra era una modelo espectacular, de esas que salían en televisión, que presentaba en ese momento un programa de entretenimiento.
Y él, el locutor, no solo era la voz de la radio: era un animador de otro planeta. Yo pensaba que sabía animar, pero lo que ese hombre hacía era arte puro. No necesitaba hablar mucho: cada frase que soltaba era perfecta, explosiva, como un misil directo al corazón del público. Entre él y sus dos compañeros armaban un trío de superestrellas.
Esa noche entendí que había niveles en este juego. Que lo que yo había vivido en la maxiteca era apenas un ensayo. Esto era otra liga. Esto era espectáculo de verdad.
Y lo mejor: tenían nombre propio. No lo llamaban miniteca ni maxiteca. Ellos eran más astutos, más cool, más marketineros. Lo bautizaron FIEBRE TOTAL, la miniteca más grande de Colombia.
Waooooo.
Solo recordarlo me eriza la piel. Eso no era una fiesta, eso era un show. Una mezcla de luces, música, baile y animación que parecía sacada de un programa internacional. Yo, que había estado escondido tantas veces detrás de la cabina, ahora estaba expuesto al público, a la realeza de la rumba.
Lo que me terminó de dejar con la boca abierta fue enterarme de quién estaba detrás de ellos. El que les ayudaba a conseguir las fiestas más exclusivas no era otro que el hijo de un megaempresario, un tiburón verdadero de la industria del espectáculo. Tanto poder tenía, que ningún artista internacional podía pisar tarima en Colombia sin que él lo aprobara primero. Y ese hijo, que entonces apenas asomaba su nombre, años después sería uno de los famosos tiburones del reality Shark Tank.
Esa noche entendí que había entrado en otra dimensión.
La dimensión de los que jugaban en serio.
Ya no era el típico DJ.
No era el mejor —siempre hay alguien por encima—, pero me sentía muy bien. Entre ser parte de la miniteca más grande de Colombia y trabajar como DJ en una discoteca exclusiva, todo era gloria. Los permisos iban y venían, las llamadas se cruzaban, las oportunidades caían como lluvia. Era éxito tras éxito.
Hasta que el dueño de aquella discoteca pequeña comenzó a ponerse intranquilo. Decidió colocar a otro DJ de planta. Pero, para mi sorpresa, no me afectó en lo más mínimo. Mi nuevo amigo y jefe se había convertido en mi guardián. Me cuidaba como un tesoro, igual que a todo su equipo. Ése era el secreto del éxito: no éramos solo empleados, éramos una familia.
Nos sentíamos dioses de la tarima. Ahora entendía lo que sienten los artistas cuando dominan un escenario. Ya sabía lo que era ese poder, ese contacto directo con la multitud, esa sensación de estar acariciando algo grande.
En medio de ese auge conocí a un joven talentoso para los negocios de las discotecas. Tenía una energía distinta, astuta, como de tiburón joven. Me pidió casi a gritos que lo ayudara con una de sus recientes adquisiciones: una discoteca de dos niveles. Sí, de dos niveles. O mejor dicho, de dos ambientes.
El lugar era tan grande que tenía dos mundos dentro: uno más pequeño, de música retro, y otro fresco, gigante, para la rumba fuerte. Me pidió que me encargara del más grande, porque el ambiente retro ya tenía su estrella y además era más reducido y exclusivo.
Esa discoteca quedaba a las afueras de Bogotá, en una vía que serpenteaba hacia las montañas. Era una zona famosa en esa época, pero muy cerrada: nadie podía ir allá sin transporte propio. Así de exclusiva era. Y, como siempre, mi amigo mechudo también se la pasaba allá.
Llevaban artistas de la época, tanto nacionales como internacionales. La crema y nata de la ciudad. La vibra era distinta: todo era oro puro, todo era exclusivo, todo era un sueño. Un sueño que, aunque yo no lo sabía todavía, estaba destinado a morir —literalmente— en poco tiempo.
Los meses comenzaron a pasar muy rápido. El año se agotaba sin medida. Yo estaba tan anestesiado que vivía como en otro planeta. No necesitaba nada de marihuana: la había dejado por completo. A todos los lugares me acompañaba mi novia, y con ella a mi lado volví a ilusionarme, volví a la vida. Ya no tenía sensaciones de culpa ni enfrentamientos en mi mente. Todo fluía. Todo era gloria.
En el club —porque ya no era una simple discoteca, era un club— las noches parecían no tener fin. Los bailes no paraban y tampoco el desfile de grandes personalidades. Todo esto se combinaba con las fiestas de la miniteca más grande de Colombia. Con ellos abríamos conciertos. Cuanto artista nacional se presentaba, ahí estábamos nosotros, como teloneros, calentando al público.
Conocí a muchos artistas de todas partes. Llegó un punto en el que ya no me sorprendían. Ya no sentía que eran un lujo: eran simplemente humanos. La costumbre se volvió rutina. Incluso llegamos a abrir el concierto de uno de los artistas más prestigiosos del mundo, que por primera vez visitaba el país. Era impresionante ver la ola de fans abarrotando las calles, gritando, llorando, mientras nosotros pasábamos tranquilos en medio de la multitud con nuestras escarapelas de acceso total.
Era otro nivel. Era vivir en primera fila de un sueño.
Y entonces, un día cualquiera, sonó el teléfono con esa voz fría, entrecortada, que se clava en la memoria:
mi otro amigo, el socio del club, con el que también había hecho tanto feeling, se había quitado la vida. Un tiro certero, directo al corazón.
Lo hizo por desamor. Porque su novia lo había dejado.
El entierro fue multitudinario. Mucha gente del medio fue a darle el último adiós. Yo recuerdo claramente el momento en que uno de sus amigos leyó la carta que dejó. Esa voz quebrada, esas palabras de despedida, ese silencio de cientos de personas incapaces de entender nada. Fue un golpe demasiado fuerte.
Y ahí también murió el club. No de un sopetón, pero la herida fue mortal. No duró más de un mes después de la muerte de aquel joven tan carismático, tan lleno de vida.
Qué golpe tan duro para su familia, para sus amigos, para todos los que lo conocimos.
Yo me rayé con toda. Qué impotencia. Qué rabia. Qué desconcierto.
No podía creer que un ser humano que, para mí, literalmente lo tenía todo, hubiera terminado con su vida de esa forma tan triste y cruel. Yo todavía trataba de comprender mi propio dualismo: de noche, prestigioso; de vuelta a mi casa, pobre. Pero no entendía cómo alguien que yo admiraba tanto, alguien que yo veía como ejemplo a seguir, podía desperdiciar tanto.
En mí entró la semilla de la depresión: lenta, sigilosa, pero directa.
No sé mucho de algunas cosas; no comprendo del todo el cerebro ni el alma, pero lo que sí sé es que todo aquello marcó mi vida. Algo comenzó a germinar dentro de mí sin que yo lo entendiera. Mi vida se volvió un sube y baja de emociones intensas, como si estuviera atrapado dentro de una película que no podía detener.
Tras la quiebra del club, mi amigo mechudo me consiguió otro trabajo, esta vez en la meca de la rumba de la ciudad: el lugar más prestigioso, en la calle más icónica de esa zona. Era otro club, pero a un nivel mucho más alto.
Yo me sentía feliz, claro, pero también era como vivir anestesiado. Nada lograba sorprenderme. Todo se repetía. También tenía dos ambientes, y a mí me confiaron el más grande. Allí la cabina del DJ no estaba escondida en una esquina: era el altar central. Yo era el sacerdote, el pastor de la fiesta. Todos eran mis súbditos. Yo era el rey.
Había cinco barras en total: tres en mi ambiente y dos en el más pequeño, arriba. Una de esas barras quedaba justo debajo de mí y era la preferida de muchos. Algunas mujeres se subían a bailar allí y quedaban casi a mi altura. Me coqueteaban, me buscaban, me provocaban. Pero yo permanecía fiel a mi novia, esa mujer que siempre me acompañaba a donde iba, mi compañía silenciosa en medio de tanto ruido.
Se acercaba el fin del milenio. El dueño me sorprendió con una invitación especial: quería que recibiéramos juntos el año nuevo en Cartagena, en la inauguración de una nueva discoteca en la calle más prestigiosa de la ciudad. Y no era solo para que yo pusiera la música: me prometió pagarme con una de las barras.
Una barra entera sería mía.
Yo sería dueño.
Era mi oportunidad más grande hasta ese momento. Mi sueño dorado empezaba a tomar forma. Por primera vez podía tocarlo con las manos: la verdadera escala hacia mi meta, convertirme en propietario de mi propio negocio.
Todo estaba listo. Había viajado con mi hermano mayor, porque le había propuesto que me ayudara con la barra junto con mi novia mientras yo me ocupaba de mis asuntos como DJ. Aquí no había vuelta atrás: ya tenía grietas en el corazón que quería sanar, ya quería dedicarme a escalar, a forjar mi futuro. Lo veía claro como el agua.
Llegamos una semana antes. Yo presentía el éxito del lugar, no había nada que perder. Habíamos conseguido incluso el patrocinio de una marca prestigiosa que mandó modelos a las playas a darle publicidad al gran día de la inauguración. Todo era un acontecimiento. Me sentía en las grandes ligas, como un Shark Tank adelantado a la época.
Pasaba los días surtiendo la barra, gastando lo poco que tenía. Era todo o nada. Cada jornada se sentía como una cuenta regresiva, y en el ambiente ya corría el rumor: la discoteca del momento estaba por abrir.
La noche llegó y la fila no se hizo esperar. La meca de la rumba quería entrar. El lugar era inmenso, completamente cerrado, y se llenó tan rápido que muchos se quedaron afuera. Yo sentía que por fin había llegado mi momento, el nivel dios. Veía cómo mi hermano y mi novia no daban abasto en la barra, mientras yo dominaba la cabina con toda la seguridad de un verdadero profesional.
Diez minutos después… el aire acondicionado se apagó.
El golpe fue mortal.
Intentamos mantener la esperanza, y unos días después el runrún de la inauguración volvió a sentirse en las playas y en las calles de La Arenosa. El segundo intento, sin embargo, fue peor: no entró nadie. Apenas veinte personas rondaban las mesas. La decepción era total.
Pero el destino siempre juega sus cartas. Esa noche, como caído del cielo, llegó el protagonista de la novela más famosa del momento junto con un grupo de amigos. Tal vez buscaba privacidad en un lugar vacío, pero poco a poco el rumor corrió como pólvora: el galán estaba de rumba allí. Y en menos de lo que canta un gallo, la discoteca se llenó hasta reventar.
El problema era la ley. En esa época existía una restricción: a las tres de la mañana todo debía estar cerrado. Y sacar a más de 800 personas, cobrar las cuentas, desalojar el sitio… requería cortar la música una hora y media antes. Pero todos estábamos anestesiados por el éxito tardío: la rumba apenas había explotado a la una de la mañana.
Resultado: a las 2:30 el administrador subió desesperado a mi cabina.
—¡Apaga ya la música! —me gritó.
No hubo tiempo de clímax ni de despedida. Silencio seco. Yo, con el micrófono en la mano, pedí a los clientes que por favor agilizaran el pago de sus cuentas. Pero ya era tarde: la sentencia estaba lista. Las autoridades llegaron, y al habernos pasado de la hora, sellaron el lugar y le quitaron el permiso de funcionamiento.
Al otro día, yo volvía a Bogotá sin nada. Con una mano adelante y otra atrás. Viajaba en un bus barato, acompañado únicamente de mi hermano, mi novia… y una botella de whisky que me ardía más en el pecho que en la garganta.
Al llegar a la ciudad todo se sentía distinto. Las calles eran las mismas, la gente era la misma, pero yo no. Por dentro había un silencio raro, un desprecio sordo por mi destino. Era como si todos esos sube y baja, esos golpes y falsas victorias, hubieran terminado por anestesiarme.
Volví a la marihuana. Esta vez sin remordimientos, sin excusas. Era mi refugio y mi condena. Pasé meses así, perdido, sin querer nada. La relación con mi novia se quebró. Ella se dio cuenta de que yo fumaba esa porquería y decidió —sabia, valiente— dejarme.
Mi despedida fue en un puente peatonal. Ahí, con la ciudad vacía debajo de nosotros, sentí por primera vez el vacío como una salida. No supe qué decirle. Lo único que se me ocurrió fue:
—Si alguna vez ves una señal en el cielo… búscame.
Con ella viví momentos tan íntimos, tan hermosos y tan dolorosos, que algunos me los guardaré hasta la tumba. Hay cosas que no se deben contar. Pero si algo quiero dejar escrito es que ella fue valiente, mucho más de lo que yo fui.
Verla alejarse por ese puente me dejó derrotado. Totalmente derrotado. Ya no quería nada. Todo era malo para mí. Todo era gris.
Ya no tenía ganas de vivir. Mi mamá no sabía cómo abordarme, ni qué palabras usar para alcanzarme. Todo lo veía oscuro. Sin embargo, dentro de ese mismo vacío algo me decía que ese no podía ser mi destino. No todavía.
Así que, con las pocas fuerzas que me quedaban, se me ocurrió volver a mis inicios. No sé por qué. Fue como un impulso. Se me ocurrió volver a aquella discoteca que yo mismo había inaugurado, la que me había dado el empujón para trascender como DJ.
Recuerdo que caminé hasta allá y, al llegar, ya no la vi imponente como antes. Me pareció pequeña. Era una sensación rara: los mismos muros, pero otro espíritu. Como cuando visitas un sueño y te das cuenta de que ya no es el mismo.
Justo en ese preciso momento, como si el destino hubiera preparado la escena, pasó a mi lado —en la misma acera— el dueño.
Aquel hombre que en su día me miró con desilusión y desprecio, ahora se quedó impactado. Sus ojos se abrieron como platos y de su garganta salió un grito inesperado, cargado de esperanza:
—¡José!
Me vio y lo primero que hizo fue darme la mano. Yo estaba completamente derrotado, pero no entendía por qué me saludaba tan entusiasmado. Me invitó a entrar.
Dentro, todo estaba diferente. No porque hubieran remodelado, sino porque yo ya no sentía ese olor a madera nueva ni los pisos relucientes de antaño. Era el mismo lugar, ordenado y limpio, pero para mí ya parecía una tienda de barrio. Un espacio donde el tiempo había dejado huellas.
Nos sentamos a hablar un buen rato. Me contó que, después de que yo salí, nada volvió a ser igual. Que cambió de DJ muchas veces y que la mayoría se llevaba cosas: discos, música, incluso botellas del bar. Se notaba que él estaba cansado. Me repitió varias veces que no había existido otro DJ como yo y que de verdad extrañaba mucho esa época.
Me preguntó qué hacía allí. Yo le conté a grandes rasgos mi historia, sin detalles, solo lo necesario. Los dos nos pusimos melancólicos. Él sacó una botella del bar, sirvió dos tragos y brindamos.
Brindamos por los viejos tiempos. Por lo que fuimos. Y, sin saberlo, ese brindis fue también el primer sorbo de una segunda oportunidad.
A pesar de volver a trabajar allí, ya nada era igual. No me daban ganas de nada. El público tampoco era el mismo, y aunque trabajé casi un mes en ese lugar, sentía que estaba tocando una sombra de lo que alguna vez fue.
El sitio tuvo una muerte súbita. El dueño no había pagado el arriendo hacía mucho tiempo y, un día cualquiera, el lugar fue tomado a la fuerza por las autoridades.
Recuerdo que su única defensa fue encerrarse por completo en su oficina, hasta en el baño. Ese día, antes de que llegaran los verdaderos dueños del local, él ya lo sabía todo. Me miró con calma y me dijo a grandes rasgos lo que iba a suceder.
—Vete, José. Yo me quedo —fue lo último que me dijo.
Nuestra despedida fue en el portón. Al mismo tiempo que me decía “hasta luego”, yo sentía que también se cerraba definitivamente mi historia como DJ.
No me fui. Crucé la calle y me quedé al otro lado, esperando. Vi cómo llegaban las autoridades, insistían golpeando la puerta una y otra vez. Después de varios intentos, desistieron de hacerlo con las manos y trajeron una barra y un cincel grande, empezaron a darle golpes a la cerradura y a las bisagras hasta que, por fin, la puerta cedió.
El eco del interior vacío lo amplificaba todo. Sonaban los pasos y los golpes en las puertas de la oficina, cada vez más adentro, hasta que se escuchó más suave, más ahogado, el golpeteo del baño. Luego silencio. Y después, las voces.
Lo sacaron. Vi cómo lo subían a una patrulla de policía.
No entendía bien todo aquello, solo sentía que estaba presenciando el final de algo grande, no solo de un local. Me quedé quieto, con un nudo en la garganta, pensando: Aquí también murió el DJ.
Capítulo 8 – La misión
Ese día tenía demasiadas cosas en la cabeza. En el fondo de mi corazón entendía que ese ciclo ya debía cerrarse por completo. Había experimentado de todo; con ese solo fragmento de mi vida podría escribir una miniserie, una novela o una película. Tenía giros, matices, caídas, subidas… un carrusel de emociones de esas que cautivan al espectador.
Pero no busqué escape en la marihuana, no. Esta vez mi refugio fue encerrarme todo un día en mi cuarto. Las lágrimas no pararon. El llanto empapó la almohada y yo me quedé mirando fijo al techo, con el desamor como único compañero. Lloré más de seis horas, con pausas apenas para respirar y sonarme la nariz.
Al día siguiente, en medio de ese vacío, llamé a mi amiga del grupo de oración. Necesitaba hablar con alguien, desahogar mi alma, componer un nuevo verso, remendar mi corazón. En esa época apenas nacía la telefonía celular; yo tenía un beeper que solo recibía números. Le envié un mensaje y ella me respondió que no podría verme sino hasta la otra semana porque se iba de misión a un pueblo a unas horas de la ciudad.
Yo sentí que tenía que ir, que era mi momento. Le pedí ir con ella. Aceptó. Esa tarde metí un par de mudas de ropa en un morral, cogí todas mis “biblias” de CDs y llamé a mi amigo, el de la miniteca, con el que todo había empezado. Quería verlo en persona y darle un regalo. Cuando llegué a su casa le entregué toda mi música. Todas mis biblias. Ya no las necesitaba. Él se quedó boquiabierto, sin entender nada. Para él no tenía sentido que yo, quien había escalado tanto, ahora renunciara.
Esa noche me acosté temprano. Estaba agotado física y emocionalmente.
Al despertar, antes de abrir los ojos, sentí como si algo se posara sobre mi cuerpo entero. Había escuchado hablar de la “parálisis del sueño”, cuando el cerebro no termina de despertar y uno siente que no puede moverse. Pensé en eso al principio, pero la sensación era más allá de lo humano. No solo sentía la presión: escuché un rugido diabólico, como de ultratumba, y un rasguño en el cabecero de la cama, como si unas garras gigantes intentaran arrancarlo. Mi corazón se aceleró. Estaba paralizado, paniqueado, todo parecía subreal.
Quise rezar, pero mi mente estaba en blanco. Ni un Padre Nuestro, ni un Ave María. Recordé que en el grupo de oración habían dicho: “si no recuerdas las oraciones es porque el ataque es en serio; di aunque sea un Ave María”. Eso hice.
Y tan pronto pronuncié esas palabras la sensación desapareció. Las oraciones volvieron a mi mente.
Al día siguiente llegué a la casa del grupo de oración. Mi amiga ya me esperaba. Preparamos unas cosas para el camino y salimos a la vía principal a coger una flota que nos llevaría al destino.
En el recorrido sentí muchas cosas. Nunca había ido por esa carretera. Era un camino roto, con tramos destapados, olor a humedad, pero para mí era un respiro. Viajaba como cualquier ser humilde, pero era un nuevo aire, un viaje para encontrarme.
Al llegar al pueblo ella me dijo que comprara unas alpargatas y me dio un palo. Subimos por una montaña, por camino destapado y barriento. Solo caballos, mulas y ganado pasaban por ahí. Fueron tres horas de caminata extenuante hasta llegar a una casa en medio de la montaña donde pasaríamos los días en misión.
Allí, en medio de la nada, sane mi corazón. Le entregué mi vida a Dios. No quería nada material. Renuncié a todo eso. Quería convertirme en misionero.
Cuando la misión terminó, mi corazón estaba lleno. Servir a los demás en ese lugar tan humilde y tan místico había sido una experiencia que me desbordó. Todo lo que llevé allá —dolores, resentimientos, culpas— se quedó allí, enterrado entre esas montañas.
Al regresar a la ciudad no vacilé en pedirle a mi amiga que me aceptara en su comunidad como discípulo. Entré en el proceso de formación y, después de meses de disciplina, hice mis votos de obediencia, pobreza y castidad. Mi madre no cabía de la dicha: ver a su hijo abandonar un mundo que lo estaba destruyendo para rendirse a los pies del Señor fue para ella un consuelo profundo.
La formación en la fe era distinta a todo lo que había conocido. No se trataba de escuchar un sermón dominical, ni de un pastor predicando, ni de un rabino cantando escrituras. Era una formación intensa: teológica, pero también cargada de un misticismo que a mí me mantenía fascinado.
El grupo de oración era el corazón de todo. Allí mi amiga transmitía mensajes que decía recibir, envueltos en un aire tan sobrenatural que parecían de película. Pasaban también invitados a contar sus testimonios. Una vez vino una mujer mayor que había sido alcanzada por un rayo. Según el parte médico, estuvo más de cuarenta minutos en muerte clínica. Sus relatos parecían de ciencia ficción: hablaba de cómo vio su cuerpo en la camilla, de cómo atravesó paredes, de cómo caminó entre almas errantes. Al principio pensé: “esta mujer está loca”. Pero después confirmé que la historia había sido real. Entonces los pelos se me erizaron.
Otra noche sucedió algo que cambió mi vida. Un joven llegó con su guitarra. Cuando empezó a cantar y predicar, algo en mí se estremeció. Dentro de mi corazón dije: “qué daría yo por cantar y tocar como él”.
Lo extraordinario pasó poco después. En la siguiente reunión, una muchacha del grupo se me acercó con una guitarra entre las manos. Me dijo que estaba de trasteo, que ya no la necesitaba y que había sentido en su corazón regalármela. Yo quedé mudo. Era como si Dios mismo hubiera escuchado mi deseo secreto. Ese día comenzó el bautizo de un nuevo don: el canto con guitarra.
Nadie me enseñó a tocar. No tenía recursos para clases, apenas un cuaderno de partituras que alguien me había regalado. En la contraportada interior había un esquema con las posiciones de los acordes básicos. Arranqué esa hoja y la pegué en la pared de mi cuarto. Así comencé. Horas, días enteros, repitiendo una y otra vez. No me volví un virtuoso, pero aprendí lo suficiente para tocar con sentimiento.
Y eso bastaba. Porque cuando cantaba, lo hacía con el alma. La gente que me escuchaba decía que sentía cosas profundas. Yo no buscaba provocar nada: se lo dejaba a Dios. Solo quería ser el músico de Dios.
Empecé cantando en el grupo de oración, luego me invitaron a otros lugares. Grabé, de manera muy rudimentaria, mis primeras canciones en casetes. Y poco a poco, sin darme cuenta, estaba compartiendo escenario con artistas internacionales, hasta el punto de cantar al lado del músico de música espiritual más importante de habla hispana de ese momento.
Era como si mi vida, después de tanto vacío, hubiera encontrado una voz. Y esa voz era la música.
Pero algo en mí seguía mal. Había noches en que recordaba mi pasado, no con dolor, sino con cierta extrañeza. Comparaba aquellas vivencias de DJ con lo que ahora vivía como músico misionero y, en el fondo, veía un patrón repetirse. Antes era la cabina, ahora era el altar. Antes eran discotecas, ahora eran templos. Pero la historia era la misma: empezaba desde cero, apenas raspando una guitarra, y terminaba en escenarios importantes junto a músicos reconocidos.
Todo esto me cuestionaba. Sentía que era raro, como si hubiera un guion invisible que yo repetía sin querer. A diferencia de antes, ya no necesitaba aparentar nada. Había abrazado la pobreza y la humildad, pero dentro de mí algo no terminaba de encajar.
Me volví alguien hipersensible —sensorialmente, espiritualmente—; es difícil ponerlo en palabras. Era como si pudiera percibir a las personas de una manera que antes no existía en mí. Durante momentos muy íntimos, improvisaba canciones. Las letras fluían con tanta naturalidad que la gente quedaba impactada. Muchos me pedían que las repitiera después de la presentación, pero era imposible: cada canción desaparecía de mi memoria apenas terminaba de cantarla, como si nunca hubiera existido. Eso me parecía extrañísimo, casi sobrenatural.
Siempre intenté ser racional. Recordaba a mi amigo de la maxiteca diciéndome, cuando yo le hablaba de cosas místicas:
—José, por favor… los pies en la tierra.
Yo sentía que por fin había encontrado mi camino definitivo. Ser músico misionero ya no era solo una etapa: era mi vida, mi única razón para seguir. Y estaba feliz. Comenzaron las giras, los viajes, las presentaciones sin fin. Mi voz y mi guitarra me llevaban a pueblos, ciudades, templos y auditorios. Era un nuevo mundo, una nueva familia.
Pero, sin darme cuenta, algo comenzaba a gestarse. No sería un cambio abrupto, como otros que había vivido. Esta vez sería diferente… una transformación más silenciosa, más profunda.
Entonces llegó el principio del cambio. Me habían invitado a una reunión de jóvenes, y mi escenario aquella noche fue una simple fogata, bajo un cielo oscuro iluminado por las brasas que danzaban al compás del viento. Allí, en medio de las llamas y los cantos, se me acercó una joven. Me dijo que ya me conocía, que había escrito en un cuaderno parte de mis canciones, esas que habían empezado a rondar de boca en boca como un secreto compartido.
Aquellas palabras me atravesaron. No entendía cómo alguien podía haber atesorado en papel lo que para mí eran solo destellos fugaces, improvisaciones que yo mismo olvidaba apenas las cantaba. La miré y, sin pensarlo demasiado, le dije al oído que la próxima canción sería para ella. Improvisé con la guitarra apoyada en mis rodillas, inventando versos que brotaban como manantial. No recuerdo la letra exacta, pero sí recuerdo sus ojos fijos en mí, como si cada palabra la marcara.
Esa mujer quedó flechada. Y yo también.
Lo que siguió fue inevitable: comenzamos a hablarnos, a buscarnos en cada reunión, a conocernos más allá de los cantos y las prédicas. Rápidamente nos enamoramos. Para mí fue un nuevo despertar, un estremecimiento que me devolvía otra vez a la fragilidad de la carne, al temblor del corazón humano.
Una noche lo olvidé todo. Mis votos, mi disciplina, mi entrega. Nos dejamos llevar por el deseo y, sin darnos cuenta, abrimos la puerta a un destino nuevo.
Capítulo 9 – El matrimonio
Pasaron apenas unas semanas cuando ella me soltó la noticia: estaba embarazada. Sentí que el mundo me giraba de nuevo como un carrusel que creía apagado para siempre. No lo asimilaba, no lo digería; era demasiado.
Ella, con la serenidad que yo no tenía, me dijo:
—Tienes que hablar con mis padres.
Primero se lo contamos a mi madre. Ella, aunque sorprendida, recibió la noticia con una calma que me desconcertó. Pero enfrentar a los padres de mi novia era otra historia. Ni siquiera los conocía. Vivían en otra ciudad.
El viaje en bus fue interminable: más de diez horas de silencio y pensamientos oscuros. Recordaba aquel otro bus, aquel regreso derrotado con una botella de whisky en las manos. Ahora iba igual de asustado, pero con un peso aún más grande: la vida que habíamos concebido.
Cuando llegamos, la casa me impactó. Grande, lujosa, muy lejos de lo que yo estaba acostumbrado. Ella abrió la puerta y, detrás, aparecieron sus padres. El saludo fue cordial, pero en el aire flotaba la tensión. El padre, un hombre recio de campo, culto y tranquilo, pidió hablar conmigo a solas.
Nos encerramos en la habitación de ella. Sentados en la cama, me miró fijo y fue directo:
—Nosotros somos una familia muy conservadora. No quiero ver a mi hija embarazada y soltera.
Pausa. Y luego la pregunta que me atravesó el pecho:
—¿Y usted qué piensa hacer?
Todo fue rápido, sin tiempo para pensar. En menos de un mes ya estábamos casados.
Comenzaba una nueva etapa de mi vida. No era la que había planeado. No era la que había soñado. Pero entendía que era hora de sentar cabeza.
Seguía cantando. Ese era mi sustento, pobre pero honesto, mientras mi esposa combinaba su especialización con su embarazo. Yo intentaba abrir caminos: un negocio con un amigo en una oficina prestada en una zona prestigiosa de la ciudad. Tenía ilusión, veía futuro. Pero mi amigo tenía otros planes, planes personales, y el negocio nunca nació.
Busqué otras salidas, pero no las encontraba. El grupo de oración y las presentaciones no daban dinero. A un músico de iglesia no lo ven como un trabajador, sino como “un hombre bueno” cuyo pago son palabras como “Dios te pague”. Mi esposa insistía en que siguiera, que Dios proveería.
Al final decidimos que yo debía retomar mis estudios universitarios. Ella ya tenía siete meses de embarazo. El cuarto de la niña estaba listo, pintado, lleno de enseres. Vivíamos ilusionados. Yo ya me sentía padre, orgulloso, como si al fin mi vida tuviera rumbo.
Una noche, ella se levantó angustiada.
—No la siento —me dijo con los ojos grandes—. No se mueve.
La llevé de urgencias. Allí nos dieron la noticia: no le sentían el corazón. Nuestra hija ya no estaba viva.
El mundo se detuvo.
Le inyectaron pitocín y comenzó su doloroso trabajo de parto. A mí me dejaron en la sala de espera. Era casi medianoche. Estaba solo, reclamándole a Dios, sin entender por qué mi vida llegaba a esos extremos. El parto duró más de cuatro horas. Ella sufrió tanto que quedó traumatizada.
Cuando todo terminó, me pidió algo que me partió aún más el alma:
—No quiero verla. No quiero saber de ella. No quiero enterrarla. Déjala aquí. Respétame eso. Vámonos a la casa.
Yo no supe qué decir. Ni qué pensar. Sentí cómo se abría de nuevo esa grieta en mi psiquis, esa que yo creía cerrada para siempre. Allí, en esa clínica, algo dentro de mí se rompió de verdad.
Traté de ser fuerte. Ante ella lo demostraba, aunque por dentro estaba destrozado. Tenía que sostenerla, consolarla, hacer que sus heridas sanaran. Poco a poco lo logró.
Pero yo no pude sanar esa herida. El dolor me lo comí todo. Siempre en mi mente estaba mi hija; a veces soñaba con ella, a veces me ponía triste en soledad. Tenía tanto vacío en mi corazón por ella que no aceptaba que jamás la había visto ni enterrado. Era como un fantasma que, hasta el día de hoy, no hay poder humano que pueda sacar de mis lágrimas y de mi corazón.
Los médicos nos recomendaron no pensar en tener un hijo en al menos un año. Pero la vida tenía otros planes: antes de que pasaran cinco meses, volvió a quedar embarazada. Esta vez la noticia fue alegría pura. Estábamos abiertos a la vida.
El embarazo fue tratado como de alto riesgo, pero nuestra niña nació sana, perfecta, sin ningún defecto. Era un milagro.
Mientras ella terminaba sus estudios, yo apenas comenzaba los míos. La rutina fue clara: ella trabajaba sin parar, y yo me convertí en el principal cuidador de nuestra hija. Fue un regalo en medio de todo, porque tuve la oportunidad de verla crecer día a día, de ser testigo de sus primeros pasos, de su risa, de cada gesto.
Mi mujer avanzaba en su carrera, yo trataba de construir la mía, y entre los dos levantábamos una familia. Tiempo después, cuando logramos comprar un apartamento nuevo, allí recibimos a nuestro tercer hijo. El hogar se llenó de nuevas voces y nuevas ilusiones.
Yo terminé mis estudios y comencé mis primeros pinos en mi profesión. Mi esposa, en cambio, ya se alzaba en el éxito; su carrera subía cada vez más y se la reconocía en todos los espacios. Yo la veía crecer, pero dentro de mí algo no estaba bien. Comencé a tener comportamientos extraños. Me alteraba con facilidad, tenía cambios abruptos en mis emociones.
Hasta que un día, en medio de una discusión fuerte, decidí irme de la casa. Duré tres días en la casa de mi mejor amigo. Volví a encerrarme en la marihuana. No sabía quién era yo. No tenía ya en mi cabeza un rumbo fijo. Me había tragado tanto dolor y, como nunca lo sané, eso fue dañando mi psiquis. Yo mismo me traicionaba a ratos.
Entonces me contactó mi mamá. Me dijo que yo no estaba bien, que mi comportamiento no era normal. Me pidió que me dejara ver por ella.
Luego de vernos, me pidió que aceptara hablar con un profesional. Yo accedí. Me llevó a una clínica que yo no conocía, estaba en la zona de consulta externa.
Primero entraron mi madre y mi esposa. Luego entré yo. Me hicieron un par de preguntas y me dijeron que me tenían que internar como paciente psiquiátrico. Yo no acepté. Sabía que lo mío era más espiritual. Pero ellos insistieron. Y yo, de nuevo, me negué.
El hecho es que me amarraron a una camisa de fuerza. Recuerdo que tuvieron que inmovilizarme entre más de siete personas. Yo tenía una fuerza brutal. Me sentía atrapado como un animal. Me amarraron y me inyectaron un sedante tan fuerte que solo me acuerdo de despertar en la unidad de cuidados intensivos al otro día.
Ahora me sentía como todo un animal.
Cuando abrí los ojos, lo primero que sentí fue el olor penetrante del hospital. Tenía los brazos adoloridos, marcas rojas de las correas que me habían sujetado. Me sentía vacío, como si me hubieran arrancado el alma. En mi cabeza todavía resonaba la imagen: siete personas encima de mí, reduciéndome como si fuera un monstruo.
Me miré en el reflejo de la ventana y no reconocí a la persona que tenía enfrente. Ojos hinchados, barba descuidada, piel apagada. Era un animal enjaulado.
Un médico se me acercó con tono frío, técnico, como quien revisa un expediente más:
—Tiene que entender que está aquí por su bien. Necesita tratamiento, descanso, equilibrio químico.
Yo lo escuchaba, pero en mi interior gritaba otra cosa: lo mío no es químico, es espiritual… lo mío no se cura con pastillas.
Los días en ese lugar fueron interminables. No tenía reloj, no sabía cuándo era de día ni cuándo de noche. Todo era silencio interrumpido por gritos de otros pacientes, portazos, el eco de pasos en los pasillos. Era como vivir en un limbo.
Lo peor no era estar ahí: lo peor era sentir que mi esposa y mi madre me miraban diferente. En sus ojos ya no era José el músico, ni el profesional, ni el padre de familia. Era un loco, un paciente, alguien que debía ser controlado.
Pero algo pasó en medio de ese encierro. Una noche, mientras todos dormían, escuché desde mi cama a un paciente que lloraba en silencio. No gritaba, no hacía escándalo, solo lloraba con un dolor tan puro que me atravesó. Entonces entendí: no estaba solo. Había muchos como yo, almas quebradas que nadie sabía cómo curar.
Ahí, en ese lugar donde me sentí reducido a nada, empecé a reconocer que tenía que reconstruirme. No sabía cómo ni con qué fuerza, pero esa noche me hice una promesa: de aquí no salgo igual. O muero en este encierro o renazco.
Salí con un diagnóstico que nunca acepté. Para mí era una etiqueta, un sello frío que me imponían por ley. Allí nadie revisa el alma; allí solo te dan químicos. Te anestesian la mente, te dejan sin sentir nada. Salí como un zombi. Pasé semanas encerrado en el apartamento. Ya no podía concentrarme, las pastillas me mantenían dopado, mareado, fuera de mí.
El tiempo empezó a pasar. Algunas crisis volvieron. Ya no era esa dualidad de cruzar la calle del barrio rico al barrio pobre; ahora era otra dualidad: la música y el grupo de oración por un lado, mi profesión por el otro, y siempre negando lo que había dentro de mí, negando que tenía que sanar de verdad mi alma y mi corazón.
Dejé el grupo de oración, perdí contacto con mi amiga, renuncié a la comunidad y dejé de cantar y tocar guitarra. Me dediqué a trabajar en mi profesión. Allí también pasaron cosas; alguien una vez me dijo que yo era “raro, diferente a los demás”. Y tenía razón. Mi rareza era esta lucha interna, difícil de explicar, un campo de batalla invisible.
Capítulo 10 - Confesión
Ahora vivo otro proceso, en soledad. No ha sido fácil. Varias veces he querido acabar con todo. Pero llegó a mí una nueva ilusión: sanar mi vida contándola, escribir historias.
Creo entender, por fin, por qué he tenido tantas experiencias. Si no sanas el corazón de un dolor y lo guardas, luego vendrá otro dolor que se sumará y hará más daño. He entendido que me gasté casi toda mi vida buscando la aprobación de los demás, queriendo aparentar que todo estaba bien.
Desde niño me quebré y nunca sané esas etapas. El carrusel de mi vida se desvió por circunstancias que aumentaron mi dolor. Fue ese dolor, esa culpa, ese pensamiento que me acompañó toda la vida, lo que no me dejó progresar.
Pero ahora lo enfrento con el corazón. Ahora me levanto de las cenizas y me siento frente a este computador a escribir mi historia. No es una historia de éxito. Es una historia de matices. Y por eso tengo la autoridad de decirte esto:
Si mi vida sirve de algo, que sirva de advertencia: no ignores tus heridas, porque lo que no sanas termina decidiendo por ti.
Esta no es una historia de éxito, es una historia de cicatrices. Y cada cicatriz es una página escrita con sangre y lágrimas, pero también con verdad.
Si estás leyendo esto, entiende: nadie está libre del dolor, pero todos estamos llamados a sanarlo.
Me rompí muchas veces, pero aprendí que cada fragmento puede brillar cuando lo entregas a la luz.
Mi vida no fue un manual de cómo triunfar, sino un espejo de lo que pasa cuando callas lo que duele. Que mi voz hoy sea tu señal para no callar.
Si después de todo sigo aquí, es porque descubrí que la vida no se mide en éxitos, sino en la capacidad de levantarse.
No soy un héroe ni un santo. Soy la prueba viviente de que el dolor, si no lo enfrentas, te destruye.
Y que escribir puede ser el primer paso para sobrevivir.
Lo entendí tarde: lo que no sanas, lo repites. Y lo que repites, te mata por dentro.
No repitas mi error. No busques aprobación. Busca sanidad. Todo lo demás es humo.
Me levanté de mis propias cenizas, no para volar, sino para dejar un mapa escrito en fuego:
que nadie más se pierda en el mismo laberinto.
Esta historia no termina conmigo. Termina contigo, lector, si decides sanar antes de que sea tarde.
Soy un sobreviviente, no un vencedor. Pero sobrevivir ya es, en sí mismo, una victoria.
Ahora es tiempo de que despierte todo mi talento.
Pero esta vez será una nueva historia.
Continuará…